Un blog de poesía infame, letras perdidas, cuentos olvidados y sentimientos encontrados.
miércoles, 30 de mayo de 2012
Némesis
Corre cuando el temor
es la única bandera que aún hondea en cada corazón.
Llora ante lo inevitable
y expira la última lágrima cuando el final se acerca.
Recuerdo todo lo acontecido
cuando siendo un solo niño
observé la muerte en el cielo
y la salvación en el subsuelo.
Hoy soy solo yo el que vive,
la única esperanza para una raza
que se consume en su propio fuego,
en su propia locura
que no es si no su destrucción.
viernes, 11 de mayo de 2012
Casida de las palomas oscuras
Federico García Lorca
Por las ramas del laurel
van dos palomas oscuras.
La una era el sol,
la otra la luna.
"Vecinitas", les dije,
"¿dónde está mi sepultura?"
"En mi cola", dijo el sol.
"En mi garganta", dijo la luna.
Y yo que estaba caminando
con la tierra por la cintura
vi dos águilas de nieve
y una muchacha desnuda.
La una era la otra
y la muchacha era ninguna.
"Aguilitas", les dije,
"¿dónde está mi sepultura?"
"En mi cola", dijo el sol.
"En mi garganta", dijo la luna.
Por las ramas del laurel
vi dos palomas desnudas.
La una era la otra
y las dos eran ninguna.
jueves, 10 de mayo de 2012
Faetón
Soy
el hijo del sol,
y
sin embargo no lo creo.
Deseo
tanto la verdad
que
ella me matará.
He
ido a saber si era cierto
lo
que yo dudaba y no creía
mas
ahora no solo lo sé,
sino
que la laguna Estigia
sería
mi cómplice
en
un viaje suicida.
He
cogido las riendas del día,
y
no ha sido tal mi pavor
como
estúpida mi acción suicida.
Tomé
el peso en mis brazos
mas
las piernas no me resistirían,
ellos
han calibrado mi peso,
y
Zeus el fin de mis días.
Yo
cogí su carro
con
el que desaté el pánico en el cielo y la tierra,
que
desbocado el rayo de Zeus hallé.
Yo
soy Faetón, hijo de Apolo,
ahora a pesar de todo lo sé.
Shaëdor
lunes, 7 de mayo de 2012
Cavafis-Ítaca
Cuando salgas en el viaje, hacia Ítaca
desea que el camino sea largo,
pleno de aventuras, pleno de conocimientos.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
al irritado Poseidón no temas,
tales cosas en tu ruta nunca hallarás,
si elevado se mantiene tu pensamiento, si una selecta
emoción
tu espíritu y tu cuerpo embarga.
A los Lestrigones y a los Cíclopes,
y al feroz Poseidón no encontrarás,
si dentro de tu alma no los llevas,
si tu alma no los yergue delante de ti.
Desea que el camino sea largo.
Que sean muchas las mañanas estivales
en que con cuánta dicha, con cuánta alegría
entres a puertos nunca vistos:
detente en mercados fenicios,
y adquiere las bellas mercancías,
ámbares y ébanos,
marfiles y corales,
y perfumes voluptuosos de toda clase,
cuanto más
abundantes puedas perfumes voluptuosos;
anda a muchas ciudades Egipcias
a aprender y aprender de los sabios.
Siempre en tu pensamiento ten a Ítaca.
Llegar hasta allí es tu destino.
Pero no apures tu viaje en absoluto.
Mejor que muchos años dure:
y viejo ya ancles en la isla,
rico con cuanto ganaste en el camino,
sin esperar que riquezas te dé Ítaca.
Ítaca te bridó el bello viaje.
Sin ella no hubieras emprendido el camino.
Otras cosas no tiene ya que darte.
Y si pobre la encuentras, Ítaca no te ha engañado.
Sabio así
como llegaste a ser, con experiencia tanta,
ya habrás
comprendido las Ítacas
qué es lo que significan.
Cavafis
domingo, 6 de mayo de 2012
Nocturno
Fluye en el compás del tiempo
las gotas de un amanecer vacío,
en donde todo se deshizo
tras la alegría del rocío.
Aguarda en clave de Sol,
las preguntas que se adormecieron
entre el pentagrama mustio de mi habitación
y las corcheas del destino.
Quizá, deba reir
cuando todo parece perdido,
mientras el sonido me abraza tenue y frío
y la vida no es si no
una inmensa disonancia.
H.P. Lovecraft-El color que cayó del cielo
Al Oeste de Arkham las colinas se yerguen selváticas, y hay valles con profundos
bosques en los cuales no ha resonado nunca el ruido de un hacha. Hay angostas y
oscuras cañadas donde los árboles se inclinan fantásticamente, y donde discurren
estrechos arroyuelos que nunca han captado el reflejo de la luz del sol. En las
laderas menos agrestes hay casas de labor, antiguas y rocosas, con edificaciones
cubiertas de musgo, rumiando eternamente en los misterios de la Nueva
Inglaterra; pero todas ellas están ahora vacías, con las amplias chimeneas
desmoronándose y las paredes pandeándose debajo de los techos a la holandesa.
Sus antiguos moradores se marcharon, y a los extranjeros no les gusta vivir
allí. Los francocanadienses lo han intentado, los italianos lo han intentado, y
los polacos llegaron y se marcharon. Y ello no es debido a nada que pueda ser
oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo puramente imaginario. El lugar no
es bueno para la imaginación, y no aporta sueños tranquilizadores por la noche.
Esto debe ser lo que mantiene a los extranjeros lejos del lugar, ya que el viejo
Ammi Pierce no les ha contado nunca lo que él recuerda de los extraños días.
Ammi, cuya cabeza ha estado un poco desequilibrada durante años, es el único que
sigue allí, y el único que habla de los extraños días; y se atreve a hacerlo,
porque su casa está muy próxima al campo abierto y a los caminos que rodean a
Arkham.
En otra época había un camino sobre las colinas y a través de los valles, que
corría en mi recta donde ahora hay un marchito erial1; pero la gente dejó de
utilizarlo y se abrió un nuevo camino que daba un rodeo hacia el sur. Entre la
selvatiquez del erial pueden encontrarse aún huellas del antiguo camino, a pesar
de que la maleza lo ha invadido todo. Luego, los oscuros bosques se aclaran y el
erial muere a orillas de unas aguas azules cuya superficie refleja el cielo y
reluce al sol. Y los secretos de los extraños días se funden con los secretos de
las profundidades; se funden con la oculta erudición del viejo océano, y con
todo el misterio de la primitiva tierra.
Cuando llegué a las colinas y valles para acotar los terrenos destinados a la
nueva alberca, me dijeron que el lugar estaba embrujado. Esto me dijeron en
Arkham, y como se trata de un pueblo muy antiguo lleno de leyendas de brujas,
pensé que lo de embrujado debía ser algo que las abuelas habían susurrado a los
chiquillos a través de los siglos. El nombre de "marchito erial" me pareció muy
raro y teatral, y me pregunté cómo habría llegado a formar parte de las
tradiciones de un pueblo puritano. Luego vi con mis propios ojos aquellas
cañadas y laderas, y ya no me extrañó que estuvieran rodeadas de una leyenda de
misterio. Las vi por la mañana, pero a pesar de ello estaban sumidas en la
sombra. Los árboles crecían demasiado juntos, y sus troncos eran demasiado
grandes tratándose de árboles de Nueva Inglaterra. En las oscuras avenidas del
bosque había demasiado silencio, y el suelo estaba demasiado blando con el
húmedo musgo y los restos de infinitos años de descomposición.
En los espacios abiertos, principalmente a lo largo de la línea del antiguo
camino, había pequeñas casas de labor; a veces, con todas sus edificaciones en
pie, y a veces con sólo un par de ellas, y a veces con una solitaria chimenea o
una derruida bodega. La maleza reinaba por todas partes, y seres furtivos
susurraban en el subsuelo. Sobre todas las cosas pesaba una rara opresión; un
toque grotesco de irrealidad, como si fallara algún elemento vital de
perspectiva o de claroscuro. No me estuvo raro que los extranjeros no quisieran
permanecer allí, ya que aquélla no era una región que invitara a dormir en ella.
Su aspecto recordaba demasiado el de una región extraída de un cuento de terror.
Pero nada de lo que había visto podía compararse, en lo que a desolación
respecta, con el marchito erial. Se encontraba en el fondo de un espacioso
valle; ningún otro nombre hubiera podido aplicársele con más propiedad, ni
ninguna otra cosa se adaptaba tan perfectamente a un nombre. Era como si un
poeta hubiese acuñado la frase después de haber visto aquella región. Mientras
la contemplaba, pensé que era la consecuencia de un incendio; pero, ¿por qué no
había crecido nunca nada sobre aquellos cinco acres de gris desolación, que se
extendía bajo el cielo como una gran mancha corroída por el ácido entre bosques
y campos? Discurre en gran parte hacia el norte de la línea del antiguo camino,
pero invade un poco el otro lado. Mientras me acercaba experimenté una extraña
sensación de repugnancia, y sólo me decidí a hacerlo porque mi tarea me obligaba
a ello. En aquella amplia extensión no había vegetación de ninguna clase; no
había más que una capa de fino polvo o ceniza gris, que ningún viento parecía
ser capaz de arrastrar. Los árboles más cercanos tenían un aspecto raquítico y
enfermizo, y muchos de ellos aparecían agostados o con los troncos podridos.
Mientras andaba apresuradamente vi a mi derecha los derruidos restos de una casa
de labor, y la negra boca de un pozo abandonado cuyos estancados vapores
adquirían un extraño matiz al ser bañados por la luz del sol. El desolado
espectáculo hizo que no me maravillara ya de los asustados susurros de los
moradores de Arkham. En los alrededores no había edificaciones ni ruinas de
ninguna clase; incluso en los antiguos tiempos, el lugar dejó de ser solitario y
apartado. Y a la hora del crepúsculo, temeroso de pasar de nuevo por aquel
ominoso lugar, tomé el camino del sur, a pesar de que significaba dar un gran
rodeo.
Por la noche interrogué a algunos habitantes de Arkham acerca del marchito
erial, y pregunté qué significado tenía la frase "los extraños días" que había
oído murmurar evasivamente. Sin embargo, no pude obtener ninguna respuesta
concreta, y lo único que saqué en claro era que el misterio se remontaba a una
fecha mucho más reciente de lo que había imaginado. No se trataba de una vieja
leyenda, ni mucho menos, sino de algo que había ocurrido en vida de los que
hablaban conmigo. Había sucedido en los años ochenta, y una familia desapareció
o fue asesinada. Los detalles eran algo confusos; y como todos aquellos con
quienes hablé me dijeron que no prestara crédito a las fantásticas historias del
viejo Ammi Pierce, decidí ir a visitarlo a la mañana siguiente, después de
enterarme de que vivía solo en una ruinosa casa que se alzaba en el lugar donde
los árboles empiezan a espesarse. Era un lugar muy viejo, y había empezado a
exudar el leve olor miásmico que se desprende de las casas que han permanecido
en pie demasiado tiempo. Tuve que llamar insistentemente para que el anciano se
levantara, y cuando se asomó tímidamente a la puerta me di cuenta de que no se
alegraba de verme. No estaba tan débil como yo había esperado; sin embargo, sus
ojos parecían desprovistos de vida, y sus andrajosas ropas y su barba blanca le
daban un aspecto gastado y decaído.
No sabiendo cómo enfocar la conversación para que me hablara de sus
"fantásticas historias", fingí que me había llevado hasta allí la tarea a que
estaba entregado; le hablé de ella al viejo Ammi, formulándole algunas vagas
preguntas acerca del distrito. Ammi Pierce era un hombre más culto y más educado
de lo que me habían dado a entender, y se mostró más comprensivo que cualquiera
de los hombres con los cuales había hablado en Arkham. No era como otros
rústicos que había conocido en las zonas donde iban a construirse las albercas.
Ni protestó por las millas de antiguo bosque y de tierras de labor que iban a
desaparecer bajo las aguas, aunque quizá su actitud hubiera sido distinta de no
haber tenido su hogar fuera de los límites del futuro lago. Lo único que mostró
fue alivio; alivio ante la idea de que los valles por los cuales había
vagabundeado toda su vida iban a desaparecer. Estarían mejor debajo del agua...,
mejor debajo del agua desde los extraños días. Y, al decir esto, su ronca voz se
hizo más apagada, mientras su cuerpo se inclinaba hacia delante y el dedo índice
de su mano derecha empezaba a señalar de un modo tembloroso e impresionante.
Fue entonces cuando oí la historia, y mientras la ronca voz avanzaba en su
relato, en una especie de misterioso susurro, me estremecí una y otra vez a
pesar de que estábamos en pleno verano. Tuve que interrumpir al narrador con
frecuencia, para poner en claro puntos científicos que él sólo conocía a través
de lo que había dicho un profesor, cuyas palabras repetía como un papagayo,
aunque su memoria había empezado ya a flaquear; o para tender un puente entre
dato y dato, cuando fallaba su sentido de la lógica y de la continuidad. Cuando
hubo terminado, no me extrañó que su mente estuviera algo desequilibrada, ni que
a la gente de Arkham no le gustara hablar del marchito erial. Me apresuré a
regresar a mi hotel antes de la puesta del sol, ya que no quería tener las
estrellas sobre mi cabeza encontrándome al aire libre. Al día siguiente regresé
a Boston para dar mi informe. No podía ir de nuevo a aquel oscuro caos de
antiguos bosques y laderas, ni enfrentarme otra vez con aquel gris erial donde
el negro pozo abría sus fauces al lado de los derruidos restos de una casa de
labor. La alberca iba a ser construida inmediatamente, y todos aquellos antiguos
secretos quedarían enterrados para siempre bajo las profundas aguas. Pero creo
que ni cuando esto sea una realidad, me gustará visitar aquella región por la
noche..., al menos, no cuando brillan en el cielo las siniestras estrellas.
Todo empezó, dijo el viejo Ammi, con el
meteorito. Antes no se habían oído
leyendas de ninguna clase, e incluso en la remota época de las brujas
aquellos
bosques occidentales no fueron ni la mitad de temidos que la pequeña
isla del Miskatonic, donde el diablo concedía audiencias al lado de un
extraño altar de
piedra, más antiguo que los indios. Aquéllos no eran bosques hechizados,
y su
fantástica oscuridad no fue nunca terrible hasta los extraños días.
Luego había
llegado aquella blanca nube meridional, se había producido aquella
cadena de
explosiones en el aire y aquella columna de humo en el valle. Y, por la
noche,
todo Arkham se había enterado de que una gran piedra había caído del
cielo y se
había incrustado en la tierra, junto al pozo de la casa de Nahum
Gardner. La
casa que se había alzado en el lugar que ahora ocupaba el marchito
erial.
Nahum había ido al pueblo para contar lo de la piedra, y al pasar ante la
casa de Ammi Pierce se lo había contado también. En aquella época Ammi tenía
cuarenta años, y todos los extraños acontecimientos estaban profundamente
grabados en su cerebro. Ammi y su esposa habían acompañado a los tres profesores
de la Universidad de Miskatonic que se presentaron a la mañana siguiente para
ver al fantástico visitante que procedía del desconocido espacio estelar, y
habían preguntado cómo era que Nahum había dicho, el día antes, que era muy
grande. Nahum, señalando la pardusca mole que estaba junto a su pozo, dijo que
se había encogido. Pero los sabios replicaron que las piedras no se encogen. Su
calor irradiaba persistentemente, y Nahum declaró que había brillado débilmente
toda la noche. Los profesores golpearon la piedra con un martillo de geólogo y
descubrieron que era sorprendentemente blanda. En realidad, era tan blanda como
si fuera artificial, y arrancaron, más bien que escoplearon, una muestra para
llevársela a la Universidad a fin de comprobar su naturaleza. Tuvieron que
meterla en un cubo que le pidieron prestado a Nahum, ya que el pequeño fragmento
no perdía calor. En su viaje de regreso se detuvieron a descansar en la casa de Ammi, y parecieron quedarse pensativos cuando
la señora Pierce observó que el
fragmento estaba haciéndose más pequeño y había empezado a quemar el fondo del
cubo. Realmente no era muy grande, pero quizás habían cogido un trozo menor de
lo que habían supuesto.
Al día siguiente -todo esto ocurría en el mes de junio de 1882-, los
profesores se presentaron de nuevo, muy excitados. Al pasar por la casa de Ammi
le contaron lo que había sucedido con la muestra, diciendo que había
desaparecido por completo cuando la introdujeron en un recipiente de cristal. El
recipiente también había desaparecido, y los profesores hablaron de la extraña
afinidad de la piedra con el silicón. Había reaccionado de un modo increíble en
aquel laboratorio perfectamente ordenado; sin sufrir ninguna modificación ni
expeler ningún gas al ser calentada al carbón, mostrándose completamente negativa
al ser tratada con bórax y revelándose absolutamente no volátil a cualquier
temperatura, incluyendo la del soplete de oxihidrógeno. En el yunque apareció
como muy maleable, y en la oscuridad su luminosidad era muy notable. Negándose
obstinadamente a enfriarse, provocó una gran excitación entre los profesores; y
cuando al ser calentada ante el espectroscopio mostró unas brillantes bandas
distintas a las de cualquier color conocido del espectro normal, se habló de
nuevos elementos, de raras propiedades ópticas, y de todas aquellas cosas que
los intrigados hombres de ciencia suelen decir cuando se enfrentan con lo
desconocido.
Caliente como estaba, fue comprobada en un crisol con todos los reactivos
adecuados. El agua no hizo nada. Ni el ácido clorhídrico. El ácido nítrico e
incluso el agua regia se limitaron a resbalar sobre su tórrida invulnerabilidad.
Ammi se encontró con algunas dificultades para recordar todas aquellas cosas,
pero reconoció algunos disolventes a medida que se los mencionaba en el habitual
orden de utilización: amoniaco y sosa cáustica, alcohol y éter, bisulfito de
carbono y una docena más; pero, a pesar de que el peso iba disminuyendo con el
paso del tiempo, y de que el fragmento parecía enfriarse ligeramente, los
disolventes no experimentaron ningún cambio que demostrara que habían atacado a
la sustancia. Desde luego, se trataba de un metal. Era magnético, en grado
extremo; y después de su inmersión en los disolventes ácidos parecían existir
leves huellas de la presencia de hierro meteórico, de acuerdo con los datos de
Widmanstalten. Cuando el enfriamiento era ya considerable colocaron el fragmento
en un recipiente de cristal para continuar las pruebas Y a la mañana siguiente,
fragmento y recipiente habían desaparecido sin dejar rastro, y únicamente una
chamuscada señal en el estante de madera donde los habían dejado probaba que
había estado realmente allí.
Esto fue lo que los profesores le contaron a Ammi mientras descansaban en su
casa, y una vez más fue con ellos a ver el pétreo mensajero de las estrellas,
aunque en esta ocasión su esposa no lo acompañó. Comprobaron que la piedra se había
encogido realmente, y ni siquiera los más escépticos de los profesores pudieron
dudar de lo que estaban viendo. Alrededor de la masa pardusca situada junto al
pozo había un espacio vacío, un espacio que eran dos pies menos que el día
anterior. Estaba aún caliente, y los sabios estudiaron su superficie con
curiosidad mientras separaban otro fragmento mucho mayor que el que se habían
llevado. Esta vez ahondaron más en la masa de piedra, y de este modo pudieron
darse cuenta de que el núcleo central no era completamente homogéneo.
Habían dejado al descubierto lo que parecía ser la cara exterior de un
glóbulo empotrado en la sustancia. El color, parecido al de las bandas del
extraño espectro del meteoro, era casi imposible de describir; y sólo por
analogía se atrevieron a llamarlo color. Su contextura era lustrosa, y parecía
quebradiza y hueca. Uno de los profesores golpeó ligeramente el glóbulo con un
martillo, y estalló con un leve chasquido. De su interior no salió nada, y el
glóbulo se desvaneció como por arte de magia, dejando un espacio esférico de
unas tres pulgadas de diámetro, Los profesores pensaron que era probable que
encontraran otros glóbulos a medida que la sustancia envolvente se fuera
fundiendo.
La conjetura era equivocada, ya que los investigadores no consiguieron
encontrar otro glóbulo, a pesar de que taladraron la masa por diversos lugares.
En consecuencia, decidieron llevarse la nueva muestra que habían recogido... y
cuya conducta en el laboratorio fue tan desconcertante como la de su
predecesora. Aparte de ser casi plástica, de tener calor, magnetismo y ligera
luminosidad, de enfriarse levemente en poderosos ácidos, de perder peso y
volumen en el aire y de atacar a los compuestos de silicón con el resultado de
una mutua destrucción. La piedra no presentaba características de
identificación; y al fin de las pruebas, los científicos de la Universidad se
vieron obligados a reconocer que no podían clasificarla. No era nada de este
planeta, sino un trozo del espacio exterior; y, como tal, estaba dotado de
propiedades exteriores y desconocidas y obedecía a leyes exteriores y
desconocidas.
Aquella noche hubo una tormenta, y cuando los profesores acudieron a casa de
Nahum al día siguiente, se encontraron con una desagradable sorpresa. La piedra,
magnética como era, debió poseer alguna peculiar propiedad eléctrica ya que
había "atraído al rayo", como dijo Nahum, con una singular persistencia. En el
espacio de una hora el granjero vio cómo el rayo hería seis veces la masa que se
encontraba junto al pozo, y al cesar la tormenta descubrió que la piedra había
desaparecido. Los científicos, profundamente decepcionados, tras comprobar el
hecho de la total desaparición, decidieron que lo único que podían hacer era
regresar al laboratorio y continuar analizando el fragmento que se habían
llevado el día anterior y que como medida de precaución hablan encerrado en una
caja de plomo. El fragmento duró una semana transcurrida la cual no se había
llegado a ningún resultado positivo. La piedra desapareció, sin dejar ningún
residuo, y con el tiempo los profesores apenas creían que habían visto realmente
aquel misterioso vestigio de los insondables abismos exteriores; aquel único,
fantástico mensaje de otros universos y otros reinos de materia, energía y
entidad.
Como era lógico, los periódicos de Arkham hablaron mucho del incidente y
enviaron a sus reporteros a entrevistar a Nahum y a su familia. Un rotativo de
Boston envío también un periodista, y Nahum se convirtió rápidamente en una
especie de celebridad local. Era un hombre delgado, de unos cincuenta años, que
vivía con su esposa y sus tres hijos del producto de lo que cultivaba en el
valle. Él y Ammi se hacían frecuentes visitas, lo mismo que sus esposas; y Ammi
sólo tenía frases de elogio para él después de todos aquellos años. Parecía
estar orgulloso de la atención que había despertado el lugar, y en las semanas
que siguieron a su aparición y desaparición habló con frecuencia del meteorito.
Los meses de julio y agosto fueron cálidos; y Nahum trabajó de firme en sus
campos, y las faenas agrícolas lo cansaron más de lo que lo habían cansado otros
años, por lo que llegó a la conclusión de que los años habían empezado a
pesarle.
Luego llegó la época de la recolección. Las peras v manzanas maduraban
lentamente, y Nahum aseguraba que sus huertos tenían un aspecto más floreciente
que nunca. La fruta crecía hasta alcanzar un tamaño fenomenal y un brillo
musitado, y su abundancia era tal que Nahum tuvo que comprar unos cuantos
barriles más a fin de poder embalar la futura cosecha. Pero con la maduración
llegó una desagradable sorpresa, ya que toda aquella fruta de opulenta presencia
resultó incomible. En vez del delicado sabor de las peras y manzanas, la fruta
tenía un amargor insoportable. Lo mismo ocurrió con los melones y los tomates, y
Nahum vio con tristeza cómo se perdía toda su cosecha. Buscando una explicación
a aquel hecho, no tardó en declarar que el meteorito había envenenado el suelo,
y dio gracias al cielo porque la mayor parte de las otras cosechas se
encontraban en las tierras altas a lo largo del camino.
El invierno se presentó muy pronto y fue muy frío. Ammi veía a Nahum con
menos frecuencia que de costumbre, y observó que empezaba a tener un aspecto
preocupado. También el resto de la familia había asumido un aire taciturno; y
fueron espaciando sus visitas a la iglesia y su asistencia a los diversos
acontecimientos sociales de la comarca. No pudo encontrarse ningún motivo para
aquella reserva o melancolía, aunque todos los habitantes de la casa daban
muestras de cuando en cuando de un empeoramiento en su estado de salud física y
mental. Esto se hizo más evidente cuando el propio Nahum declaró que estaba
preocupado por ciertas huellas de pasos que había visto en la nieve. Se trataba
de las habituales huellas invernales de las ardillas rojas, de los conejos
blancos y de los zorros, pero el caviloso granjero afirmó que encontraba algo
raro en la naturaleza y disposición de aquellas huellas. No fue más explícito,
pero parecía creer que no era característica de la anatomía y las costumbres de
ardillas y conejos y zorros. Ammi no hizo mucho caso de todo aquello hasta una
noche que pasó por delante de la casa de Nahum en su trineo, en su camino de
regreso de Clark's Corners. En el cielo brillaba la luna, y un conejo cruzó
corriendo el camino, y los saltos de aquel conejo eran más largos de lo que les
hubiera gustado a Ammi y a su caballo. Este último, en realidad, se hubiera
desbocado si su dueño no hubiera empuñado las riendas con mano firme. A partir
de entonces, Ammi mostró un mayor respeto por las historias que contaba Nahum, y
se preguntó por qué los perros de Gardner parecían estar tan asustados y
temblorosos cada mariana. Incluso habían perdido el ánimo para ladrar.
En el mes de febrero los chicos de McGregor, de Meadow Hill, salieron a
cazar marmotas, y no lejos de las tierras de Gardner capturaron un ejemplar muy
especial. Las proporciones de su cuerpo parecían ligeramente alteradas de un
modo muy raro, imposible de describir, en tanto que su rostro tenía una
expresión que hasta entonces nadie había visto en el rostro de una marmota. Los
chicos quedaron francamente asustados y tiraron inmediatamente el animal, de
modo que por la comarca sólo circuló la grotesca historia que los mismos chicos
contaron. Pero esto, unido a la historia del conejo que asustaba a los caballos
en las inmediaciones de la casa de Nahum, dio pie a que empezara a tomar cuerpo
una leyenda, susurrada en voz baja.
La gente aseguraba que la nieve se había fundido mucho más rápidamente en los
alrededores de la casa de Nahum que en otras partes, y a principios de marzo se
produjo una agitada discusión en la tienda de Potter, de Clark's Corners.
Stephen Rice había pasado por las tierras de Gardner a primera hora de la
mañana y se había dado cuenta de que la hierba fétida empezaba a crecer en todo
el fangoso suelo. Hasta entonces no se había visto hierba fétida de aquel
tamaño, y su color era tan raro que no podía ser descrito con palabras. Sus
formas eran monstruosas, y el caballo había relinchado lastimeramente ante la
presencia de un hedor que hirió también desagradablemente el olfato de Stephen.
Aquella misma tarde, varias personas fueron a ver con sus propios ojos aquella
anomalía, y todas estuvieron de acuerdo en que las plantas de aquella clase no
podían brotar en un mundo saludable. Se mencionaron de nuevo los frutos amargos
del otoño anterior, y corrió de boca en boca que las tierras de Nahum estaban
emponzoñadas. Desde luego, se trataba del meteorito; y recordando lo extraño que
les había parecido a los hombres de la Universidad, varios granjeros hablaron
del asunto con ellos.
Un día, hicieron una visita a Nahum; pero como se trataba de unos hombres que
no prestaban crédito con facilidad a las leyendas, sus conclusiones fueron muy
conservadoras. Las plantas eran raras, desde luego, pero toda la hierba fétida
es más o menos rara en su forma y en su color. Quizás algún elemento mineral del
meteorito había penetrado en la tierra, pero no tardaría en desaparecer. Y en
cuanto a las huellas en la nieve y a los caballos asustados... se trataba
únicamente de habladurías sin fundamento, que habían nacido a consecuencia de la
caída del meteorito. Pero unos hombres serios no podían tener en cuenta las
habladurías de los campesinos, ya que los supersticiosos labradores dicen y
creen cualquier cosa. Ese fue el veredicto de los profesores acerca de los
extraños días. Sólo uno de ellos, encargado de analizar dos redomas de polvo en
el curso de una investigación policíaca, año y medio más tarde, recordó que el
extraño color de la hierba fétida era muy parecido al de las insólitas bandas de
luz que reveló el fragmento del meteoro en el espectroscopio de la Universidad,
y al del glóbulo que encontraran en el interior de la piedra. En el análisis que
el mencionado profesor llevó a cabo, las muestras revelaron al principio las
mismas insólitas bandas, aunque más tarde perdieran la propiedad.
Los árboles florecieron prematuramente alrededor de la casa de Nahum, y por
la noche se mecían ominosamente al viento. El segundo hijo de Nahum, Thaddeus,
un muchacho de quince años, juraba que los árboles se mecían también cuando no
hacía viento; pero ni siquiera los más charlatanes prestaron crédito a esto.
Desde luego, en el ambiente había algo raro. Toda la familia Gardner desarrolló
la costumbre de quedarse escuchando, aunque no esperaban oír ningún sonido al
cual pudieran dar nombre. La escucha era en realidad resultado de momentos en
que la conciencia parecía haberse desvanecido en ellos. Desgraciadamente, esos
momentos eran más frecuentes a medida que pasaban las semanas, hasta que la
gente empezó a murmurar que toda la familia Nahum estaba mal de la cabeza.
Cuando salió la primera saxífraga2, su color era también muy extraño; no
completamente igual al de la hierba fétida, pero indudablemente afín a él e
igualmente desconocido para cualquiera que lo viera. Nahum cogió algunos
capullos y se los llevó a Arkham para enseñarlos al editor de la Gazette, pero
aquel dignatario se limitó a escribir un artículo humorístico acerca de ellos,
ridiculizando los temores y las supersticiones de los campesinos. Fue un error
de Nahum contarle a un estólido ciudadano la conducta que observaban las
mariposas -también de gran tamaño- en relación con aquellas saxífragas.
Abril aportó una especie de locura a las gentes de la comarca y empezaron a
dejar de utilizar el camino que pasaba por los terrenos de Nahum, hasta
abandonarlo por completo. Era la vegetación. Los renuevos de los árboles tenían
unos extraños colores, y a través del suelo de piedra del patio y en los prados
contiguos crecían unas plantas que solamente un botánico podía relacionar con la
flora de la región. Pero lo más raro de todo era el colorido, que no
correspondía a ninguno de los matices que el ojo humano había visto hasta
entonces. Plantas y arbustos se convirtieron en una siniestra amenaza, creciendo
insolentemente en su cromática perversión. Ammi y los Gardner opinaron que los
colores tenían para ellos una especie de inquietante familiaridad, y llegaron a
la conclusión de que les recordaban el glóbulo que había sido descubierto dentro
del meteoro. Nahum labró y sembró los diez acres de terreno que poseía en la
parte alta, sin tocar los terrenos que rodeaban su casa. Sabía que sería trabajo
perdido y tenía la esperanza de que aquellas extrañas hierbas que estaban
creciendo arrancarían toda la ponzoña del suelo. Ahora estaba preparado para
cualquier cosa, por inesperada que pudiera parecer, y se había acostumbrado a la
sensación de que cerca de él había algo que esperaba ser oído. El ver que los
vecinos no se acercaban por su casa le molestó, desde luego; pero afectó todavía
más a su esposa. Los chicos no lo notaron tanto porque iban a la escuela todos
los días; pero no pudieron evitar el enterarse de las habladurías, las cuales
los asustaron un poco, especialmente a Thaddeus, que era un muchacho muy
sensible.
En mayo llegaron los insectos y la hacienda de Gardner se convirtió en un
lugar de pesadilla, lleno de zumbidos y de serpenteos. La mayoría de aquellos
animales tenían un aspecto insólito y se movían de un modo muy raro, y sus
costumbres nocturnas contradecían todas las anteriores experiencias. Los Gardner
adquirieron el hábito de mantenerse vigilantes durante la noche. Miraban en
todas direcciones en busca de algo..., aunque no podían decir de qué. Fue
entonces cuando comprobaron que Thaddeus había estado en lo cierto al hablar de
lo que ocurría con los árboles. La señora Gardner fue la primera en comprobarlo
una noche que se encontraba en la ventana del cuarto contemplando la silueta de
un arce que se recortaba contra un cielo iluminado por la luna. Las ramas del
arce se estaban moviendo y no corría el menor soplo de viento. Cosa de la savia,
seguramente. Las cosas más extrañas resultaban ahora normales. Sin embargo, el
siguiente descubrimiento no fue obra de ningún miembro de la familia Gardner. Se
habían familiarizado con lo anormal hasta el punto de no darse cuenta de muchos
detalles. Y lo que ellos no fueron capaces de ver fue observado por un viajante
de comercio de Boston, que pasó por allí una noche, ignorante de las leyendas
que corrían por la región. Lo que contó en Arkham apareció en un breve artículo
publicado por la Gazette; y aquel articulo fue lo que todos los granjeros,
incluido Nahum, se echaron primero a los ojos. La noche había sido oscura, pero
alrededor de una granja del valle -que todo el mundo supo que se trataba de la
granja de Nahum- la oscuridad había sido menos intensa. Una leve aunque
visible fosforescencia parecía surgir de toda la vegetación, y en un momento
determinado un trozo de aquella fosforescencia se deslizó furtivamente por el
patio que había cerca del granero.
Los pastos no parecían haber sufrido los efectos de aquella insólita
situación, y las vacas pacían libremente cerca de la casa, pero hacia finales de
mayo la leche empezó a ser mala. Entonces Nahum llevó a las vacas a pacer a las
tierras altas y la leche volvió a ser buena. Poco después el cambio en la hierba
y en las hojas, que hasta entonces se habían mantenido normalmente verdes, pudo
apreciarse a simple vista. Todas las hortalizas adquirieron un color grisáceo y
un aspecto quebradizo. Ammi era ahora la única persona que visitaba a los
Gardner, y sus visitas fueron espaciándose más y más. Cuando cerraron la
escuela, por ser época de vacaciones, los Gardner quedaron virtualmente aislados
del mundo, y a veces encargaban a Ammi que les hiciera sus compras en el pueblo.
Continuaban desmejorando física y mentalmente, y nadie quedó sorprendido cuando
circuló la noticia de que la señora Gardner se había vuelto loca.
Esto ocurrió en junio, alrededor del aniversario de la caída del meteoro, y
la pobre mujer empezó a gritar que veía cosas en el aire, cosas que no podía
describir. En su desvarío no pronunciaba ningún nombre propio, sino solamente
verbos y pronombres. Las cosas se movían, y cambiaban, y revoloteaban, y los
oídos reaccionaban a impulsos que no eran del todo sonidos. Nahum no la envió al
manicomio del condado, sino que dejó que vagabundeara por la casa mientras fuera
inofensiva para sí misma y para los demás. Cuando su estado empeoró no hizo
nada. Pero cuando los chicos empezaron a asustarse y Thaddeus casi se desmayó al
ver la expresión del rostro de su madre al mirarlo, Nahum decidió encerrarla en
el ático. En julio, la señora Gardner dejó de hablar y empezó a arrastrarse a cuatro
patas, y antes de terminar el mes, Nahum se dio cuenta de que su esposa era
ligeramente luminosa en la oscuridad, tal como ocurría con la vegetación de los
alrededores de la casa.
Esto sucedió un poco antes de que los caballos se dieran a la fuga. Algo los
había despertado durante la noche, y sus relinchos y su cocear habían sido algo
terrible. A la mañana siguiente, cuando Nahum abrió la puerta del establo, los
animales salieron disparados como alma que lleva el diablo. Nahum tardó una
semana en localizar a los cuatro, y cuando los encontró se vio obligado a
matarlos porque se habían vuelto locos y no había quién los manejara. Nahum le
pidió prestado un caballo a Ammi para acarrear el heno, pero el animal no quiso
acercarse al granero. Respingó, se encabritó y relinchó, y al final tuvieron que
dejarlo en el patio, mientras los hombres arrastraban el carro hasta situarlo
junto al granero. Entretanto, la vegetación iba tomándose gris y quebradiza.
Incluso las flores, cuyos colores habían sido tan extraños, se volvían grises
ahora, y la fruta era gris y enana e insípida. Las jarillas y el trébol dorado
dieron flores grises y deformes, y las rosas, las rascamoños y las malvarrosas
del patio delantero tenían un aspecto tan horrendo, que Zenas, el mayor de los
hijos de Nahum, las cortó todas. Al mismo tiempo fueron muriéndose todos los
insectos, incluso las abejas que habían abandonado sus colmenas.
En septiembre toda la vegetación se había desmenuzado, convirtiéndose en un
polvillo grisáceo, y Nahum temió que los árboles murieran antes de que la
ponzoña se hubiera desvanecido del suelo. Su esposa tenía ahora accesos de
furia, durante los cuales profería unos gritos terribles, y Nahum y sus hijos
vivían en un estado de perpetua tensión nerviosa. No se trataban ya con nadie, y
cuando la escuela volvió a abrir sus puertas los chicos no acudieron a ella. Fue
Ammi, en una de sus raras visitas, quien descubrió que el agua del pozo ya no
era buena. Tenía un gusto endiablado, que no era exactamente fétido ni
exactamente salobre, y Ammi aconsejó a su amigo que excavara otro pozo en las
tierras altas para utilizarlo hasta que el suelo volviera a ser bueno. Sin
embargo, Nahum no hizo el menor caso de aquel consejo, ya que había llegado a
impermeabilizarse contra las cosas raras y desagradables. Él y sus hijos
siguieron utilizando la teñida agua del pozo, bebiéndola con la misma
indiferencia con que comían sus escasos y mal cocidos alimentos y conque
realizaban sus improductivas y monótonas tareas a través de unos días sin
objetivo. Había algo de estólida resignación en todos ellos, como si anduvieran
en otro mundo entre hileras de anónimos guardianes hacia un lugar familiar y
seguro.
Thaddeus se volvió loco en septiembre, después de una visita al pozo. Había
ido allí con un cubo y había regresado con las manos vacías, encogiendo y
agitando los brazos y murmurando algo acerca de "los colores movibles que había
allí abajo". Dos locos en una familia representaban un grave problema, pero
Nahum se portó valientemente. Dejó que el muchacho se moviera a su antojo
durante una semana, hasta que empezó a portarse peligrosamente, y entonces lo
encerró en el ático, enfrente de la habitación ocupada por su madre. El modo
como se gritaban el uno al otro desde detrás de sus cerradas puertas era algo
terrible, especialmente para el pequeño Merwin, que imaginaba que su madre y su
hermano hablaban en algún terrible lenguaje que no era de este mundo. Merwin se
estaba convirtiendo en un chiquillo peligrosamente imaginativo, y su estado
empeoró desde que encerraron al hermano que había sido su mejor compañero de
juegos.
Casi al mismo tiempo empezó la mortalidad entre el ganado. Las aves de corral
adquirieron un color gris y murieron rápidamente. Los cerdos engordaron
desordenadamente y luego empezaron a experimentar repugnantes cambios que nadie
podía explicar. Su carne era desaprovechable, desde luego, y Nahum no sabía qué
pensar ni qué hacer. Ningún veterinario rural quiso acercarse a su casa, y el
veterinario de Arkham quedó francamente desconcertado. La cosa resultaba tanto
más inexplicable por cuanto aquellos animales no habían sido alimentados con la
vegetación emponzoñada. Luego les llegó el turno a las vacas. Ciertas zonas, y a
veces el cuerpo entero, aparecieron anormalmente hinchadas o comprimidas, y
aquellos síntomas fueron seguidos de atroces colapsos o desintegraciones. En las
últimas fases -que terminaban siempre con la muerte- adquirían un color
grisáceo y un aspecto quebradizo, tal como había ocurrido con los cerdos. En el
caso de las vacas no podía hablarse de veneno, ya que estaban encerradas en mi
establo. Ninguna mordedura de un animal salvaje podía haber inoculado el virus,
ya que no hay ningún animal terrestre que pueda pasar a través de
obstáculos sólidos. Debía tratarse de una enfermedad natural..., aunque
resultaba imposible conjeturar qué clase de enfermedad producía aquellos
terribles resultados. En la época de la cosecha no quedaba ningún animal vivo en
la casa, ya que el ganado y las aves de corral habían muerto y los perros habían
huido. Los perros, en número de tres, habían desaparecido una noche y no
volvieron a aparecer. Los cinco gatos se habían marchado un poco antes, pero su
desaparición apenas fue notada, ya que en la casa no había ahora ratones y
únicamente la señora Gardner sentía cierto afecto por los graciosos felinos.
El 19 de octubre Nahum se presentó en casa de Ammi con espantosas noticias.
La muerte había sorprendido al pobre Thaddeus en su habitación del ático, y lo
habla sorprendido de un modo que no podía ser contado. Nahum había excavado una
tumba en la parte trasera de la granja y había metido allí lo que encontró en la
habitación. En la habitación no podía haber entrado nadie, ya que la pequeña
ventana enrejada y la cerradura de la puerta estaban intactas; pero lo sucedido
tenía muchos puntos de contacto con lo ocurrido en el establo. Ammi y su esposa
consolaron al atribulado granjero lo mejor que pudieron, aunque no consiguieron
evitar un estremecimiento. El horror parecía rondar alrededor de los Gardner y
de todo lo que tocaban, y la sola presencia de uno de ellos en la casa era como
un soplo de regiones innominadas e innominables. Ammi acompañó a Nahum a su
hogar de muy mala gana e hizo lo que pudo para calmar los histéricos sollozos
del pequeño Merwin. Zenas no necesitaba ser calmado. Se encontraba en un estado
de completo atontamiento y se limitaba a mirar fijamente un punto indeterminado
del espacio y a obedecer lo que su padre le ordenaba. Y Ammi pensó que ese
estado de abulia era lo mejor que podía ocurrirle. De cuando en cuando los
gritos de Merwin eran contestados desde el ático, y en respuesta a una mirada
interrogadora Nahum dijo que su esposa estaba muy débil. Cuando se acercaba la
noche, Ammi se las arregló para marcharse, ya que ningún sentimiento de amistad
podía hacerle permanecer en aquel lugar cuando la vegetación empezaba a brillar
débilmente y los árboles podían o no moverse sin que soplara el viento. Era una
verdadera suerte para Ammi el hecho de que no fuese una persona imaginativa. De
haberlo sido, de haber podido relacionar y reflexionar sobre todos los portentos
que lo rodeaban, no cabe duda de que hubiese perdido la chaveta. A la hora del
crepúsculo regresó apresuradamente a su casa, sintiendo resonar terriblemente en
sus oídos los gritos de la loca y del pequeño Merwin.
Tres días más tarde Nahum se presentó en casa
de Ammi muy de mañana, y en
ausencia de su huésped le contó a la señora Pierce una horrible historia
que ella
escuchó temblando de miedo. Esta vez se trataba del pequeño Merwin.
Había
desaparecido. Había salido de la casa cuando ya era de noche con un
farol y un
cubo para traer agua, y no había regresado. Hacía días que su estado no
era
normal y se asustaba de todo. El padre oyó un frenético grito en el
patio, pero
cuando abrió la puerta y se asomó el muchacho había desaparecido. No se
veía ni
rastro de él, y en ninguna parte brillaba el farol que se había llevado.
En
aquel momento, Nahum creyó que el farol y el cubo habían desaparecido
también;
pero al hacerse de día, y al regreso de su búsqueda de toda la noche por
campos
y bosques, Nahum había descubierto unas cosas muy raras cerca del pozo:
una
retorcida y semifundida masa de hierro, que había sido indudablemente el
farol;
y junto a ella un asa doblada junto a otra masa de hierro, asimismo
retorcida y
semifundida, que correspondía al cubo. Eso fue todo. Nahum imaginaba lo
inimaginable. La señora Pierce estaba como atontada, y Ammi, cuando
llegó a casa y
oyó la historia, no pudo dar ninguna opinión. Merwin había desaparecido y
sería
inútil decírselo a la gente que vivía en aquellos alrededores y que
huían de los Gardner como de la peste. Tan inútil como decírselo a los
ciudadanos de Arkham
que se reían de todo. Thad había desaparecido, y ahora había
desaparecido Merwin.
Algo estaba arrastrándose y arrastrándose, esperando ser visto y oído.
Nahum no
tardaría en morirse, y deseaba que Ammi velara por su esposa y por
Zenas, si es
que lo sobrevivían. Todo aquello era un castigo de alguna clase, aunque
Nahum no
podía adivinar a qué se debía, ya que siempre había vivido en el santo
temor de
Dios.
Durante más de dos semanas, Ammi no tuvo ninguna noticia de Nahum; y
entonces, preocupado por lo que pudiera haber ocurrido, dominó sus temores y
efectuó una visita a la casa de los Gardner. De la chimenea no salía humo y por
unos instantes el visitante temió lo peor. El aspecto de la granja era
impresionante: hierba y hojas grisáceas en el suelo, parras cayéndose a pedazos
de arcaicas paredes y aleros, y enormes árboles desnudos silueteándose
malignamente contra el gris cielo de noviembre. Ammi no pudo dejar de notar que
se habla producido un sutil cambio en la inclinación de las ramas. Pero Nahum
estaba vivo, después de todo. Estaba muy débil y reposaba en un catre en la
cocina de techo bajo, pero conservaba la lucidez y seguía dando órdenes a Zenas.
La estancia estaba mortalmente fría; y al ver que Ammi se estremecía, Nahum le
gritó a Zenas que trajera más leña. La leña, en realidad, era muy necesaria, ya
que el cavernoso hogar estaba apagado y vacío, y el viento que se filtraba
chimenea abajo era helado. De pronto, Nahum le preguntó si la leña que había
traído su hijo lo hacía sentirse más cómodo, y entonces Ammi se dio cuenta de lo
que había ocurrido. Finalmente, la mente del granjero había dejado de resistir a
la intensa presión de los acontecimientos.
Interrogando discretamente a su vecino, Ammi no consiguió poner en claro lo
que le había sucedido a Zenas. "En el pozo... vive en el pozo...", fue todo lo
que su padre dijo.
Luego el visitante recordó súbitamente a la esposa loca y cambió de tema. "¿Nabby?
Está aquí, desde luego...", fue la sorprendida respuesta del pobre Nahum, y Ammi
no tardó en darse cuenta de que tendría que investigar por sí mismo. Dejando al
inofensivo granjero en su catre, cogió las llaves que estaban colgadas detrás de
la puerta y subió los chirriantes escalones que conducían al ático. La parte
alta de la casa estaba completamente silenciosa y no se oía el menor ruido en
ninguna dirección. De las cuatro puertas a la vista, sólo una estaba cerrada, y
en ella probó Ammi varias llaves del manojo que había cogido. A la tercera
tentativa la cerradura giró, y Ammi empujó la puerta pintada de blanco.
El interior de la habitación estaba completamente a oscuras, ya que la
ventana era muy pequeña y estaba medio tapada por las rejas de hierro; y Ammi no
pudo ver absolutamente nada. El aire estaba muy viciado, y antes de seguir
adelante tuvo que entrar en otra habitación y llenarse los pulmones de aire
respirable. Cuando volvió a entrar vio algo oscuro en un rincón, y al acercarse
no pudo evitar un grito de espanto. Mientras gritaba creyó que una nube
momentánea había tapado la escasa claridad que penetraba por la ventana, y un
segundo después se sintió rozado por una espantosa corriente de vapor. Unos
extraños colores danzaron ante sus ojos; y si el horror que experimentaba en
aquellos momentos no le hubiera impedido coordinar sus ideas hubiera recordado
el glóbulo que el martillo de geólogo había aplastado en el interior del
meteorito, y la malsana vegetación que habla crecido durante la primavera. Pero,
en el estado en que se hallaba, sólo pudo pensar en la horrible monstruosidad
que tenía enfrente, y que sin duda alguna había compartido la desconocida suerte
del joven Thaddeus y del ganado. Pero lo más terrible de todo era que aquel
horror se movía lenta y visiblemente mientras continuaba desmenuzándose.
Ammi no me dio más detalles de aquella escena, pero la forma del rincón no
reapareció en su relato como un objeto movible. Hay cosas que no pueden ser
mencionadas, y lo que se hace por humanidad es a veces cruelmente juzgado por la
ley. Comprendí que en aquella habitación del ático no quedó nada que se moviera,
y que no dejar allí nada capaz de moverse debió de ser algo horripilante y capaz
de acarrear un tormento eterno. Cualquiera, no tratándose de un estólido
granjero, se hubiera desmayado o enloquecido, pero Ammi volvió a cruzar el
umbral de la puerta pintada de blanco y encerró el espantoso secreto detrás de
él. Ahora debía ocuparse de Nahum; éste tenía que ser alimentado y atendido, y
trasladado a algún lugar donde pudieran cuidarlo.
Cuando empezaba a bajar la oscura escalera, Ammi oyó un estrépito debajo de
él. Incluso le pareció haber oído un grito, y recordó nerviosamente la corriente
de vapor que lo había rozado mientras se hallaba en la habitación del ático.
Oprimido por un vago temor, oyó más ruidos debajo suyo. Indudablemente estaban
arrastrando algo pesado, y al mismo tiempo se oía un sonido todavía más
desagradable, como el que produciría una fuerte succión. Sintiendo aumentar su
terror, pensó en lo que había visto en el ático. ¡Santo cielo! ¿En qué
fantástico mundo de pesadilla había penetrado? No se atrevió a avanzar ni a
retroceder, y permaneció inmóvil, temblando, en la negra curva del rellano de la
escalera. Cada detalle de la escena estallaba de nuevo en su cerebro.
De repente se oyó un frenético relincho proferido por el caballo de Ammi,
seguido inmediatamente por un ruido de cascos que hablaba de una precipitada
fuga. Al cabo de un instante, caballo y calesa estaban fuera del alcance del
oído, dejando al asustado Ammi, inmóvil en la oscura escalera, la tarea de
conjeturar qué podía haberlos impulsado a desaparecer tan repentinamente. Pero
aquello no fue todo. Se produjo otro ruido fuera de la casa. Una especie de
chapoteo en el agua..., debió de haber sido en el pozo. Ammi había dejado a Hero
desatado cerca del pozo, y algún animalito debió meterse entre sus patas,
asustándolo, y dejándose caer después en el pozo. Y la casa seguía brillando con
una pálida fosforescencia. ¡Dios mío! ¡Qué antigua era la casa! La mayor parte
de ella edificada antes de 1670, y el tejado holandés más tarde de 1730.
En aquel momento se oyó el ruido de algo que se arrastraba por el suelo de la
planta baja, y Ammi aferró con fuerza el palo que había cogido en el ático sin
ningún propósito determinado. Procurando dominar sus nervios, terminó su
descenso y se dirigió a la cocina. Pero no llegó a ella, ya que lo que buscaba
no estaba ya allí. Había salido a su encuentro, y hasta cierto punto estaba aún
vivo. Si se había arrastrado o si había sido arrastrado por fuerzas externas, es
cosa que Ammi no hubiera podido decir; pero la muerte había tomado parte en
ello. Todo había ocurrido durante la última media hora, pero el proceso de
desintegración estaba ya muy avanzado. Había allí una horrible fragilidad,
debida a lo quebradizo de la materia, y del cuerpo se desprendían fragmentos
secos. Ammi no pudo tocarlo, limitándose a contemplar horrorizado la retorcida
caricatura de lo que había sido un rostro. "¿Qué ha pasado, Nahum..., qué ha
pasado?", susurró, y los agrietados y tumefactos labios apenas pudieron murmurar
una respuesta final.
"Nada..., nada...; el color... quema...; frío y
húmedo, pero quema...; vive
en el pozo..., lo he visto..., una especie de humo... igual que las
flores de la
pasada primavera...; el pozo brilla por la noche... Se llevó a Thad, y a
Merwin,
y a Zenas..., todas las cosas vivas...; sorbe la vida de todas las
cosas...; en
aquella piedra tuvo que llegar en aquella piedra...; la aplastaron...;
era el
mismo color..., el mismo, como las flores y las plantas...; tiene que
haber
más...; crecieron..., lo he visto esta semana...; tuvo que darle fuerte a
Zenas...; era un chico fuerte, lleno de vida...; le golpea a uno la
mente y
luego se apodera de él...; quema mucho...; en el agua del pozo...; no
pueden
sacarlo de allí..., ahogarlo... Se ha llevado también a Zenas...; tenías
razón...; el agua está embrujada... ¿Cómo está Nabby, Ammi?... Mi cabeza
no
funciona...; no sé cuánto hace que no le he subido comida...; la cosa la
atacó
también a ella...; el color...; su rostro tiene el mismo color por las
noches..., y el color quema y sorbe; procede de algún lugar donde las
cosas no
son como aquí...; uno de los profesores lo dijo...; tenía razón, mira,
Ammi, está
sorbiendo más..., sorbiendo la vida..."
Pero eso fue todo. La cosa que había hablado no podía hablar más porque se
había encogido completamente. Ammi lo cubrió con un mantel a cuadros blancos y
rojos y salió de la casa por la puerta trasera. Trepó por la ladera que conducía
a las tierras altas y regresó a su hogar por el camino del Norte y los bosques.
No pudo pasar junto al pozo desde el cual había huido su caballo. Miró hacia el
pozo a través de una ventana y recordó el chapoteo que había oído..., el
chapoteo de algo que se había sumergido en el pozo después de lo que había hecho
con el desdichado Nahum...
Cuando Ammi llegó a su casa se encontró con que el caballo y la calesa lo
habían precedido; su esposa lo aguardaba llena de ansiedad. Después de
tranquilizarla, sin darle ninguna explicación, se dirigió a Arkham y notificó a
las autoridades que la familia Gardner ya no existía. No entró en detalles,
limitándose a hablar de las muertes de Nahum y de Nabby; la de Thaddeus era ya
conocida, y dijo que la causa de la muerte parecía ser la misma extraña dolencia
que había atacado al ganado. También dijo que Merwin y Zenas habían
desaparecido. En la jefatura de policía lo interrogaron ampliamente, y al final
se vio obligado a acompañar a tres agentes a la granja de Gardner, juntamente
con el fiscal, el médico forense y el veterinario que había atendido a los
animales enfermos. Ammi fue con ellos de muy mala gana, ya que la tarde estaba
muy avanzada y temía que la noche lo cogiera en aquel lugar maldito, aunque era
un consuelo saber que iba a estar acompañado de tantos hombres.
Los seis hombres montaron en un carro, siguiendo a la calesa de Ammi, y
llegaron a la granja alrededor de las cuatro. A pesar de que los agentes estaban
acostumbrados a presenciar espectáculos horripilantes, todos se estremecieron a
la vista de lo que fue encontrado debajo del mantel a cuadros rojos y blancos, y
en la habitación del ático. El aspecto de la granja, con su desolación gris, era
ya bastante terrible, pero aquellos dos retorcidos objetos sobrepasaban toda
medida de horror. Nadie pudo contemplarlos más allá de un par de segundos, e
incluso el médico forense admitió que allí había muy poco que examinar. Podían
analizarse unas muestras, desde luego, de modo que él mismo se encargó de
agenciárselas..., y al parecer aquellas muestras provocaron el más inextricable
rompecabezas con que se enfrentara nunca el laboratorio de la Universidad. Bajo
el espectroscopio, las muestras revelaron un espectro desconocido, muchas de
cuyas bandas eran iguales que las que había revelado el extraño meteoro al ser
analizado. La propiedad de emitir aquel espectro se desvaneció en un mes, y el
polvo consistía principalmente en fosfatos y carbonatos alcalinos.
Ammi no les hubiera hablado del pozo de haber
sabido que iban a actuar
inmediatamente. Se acercaba la puesta de sol y estaba ansioso por
marcharse de
allí. Pero no pudo evitar el dirigir miradas nerviosas al pozo, cosa que
fue
observada por uno de los policías, el cual lo interrogó. Ammi admitió
que Nahum
había temido a algo que estaba escondido en el pozo... hasta el punto de
que no
se había atrevido a comprobar si Merwin o Zenas se habían caído dentro.
La
policía decidió vaciar el pozo y explorarlo inmediatamente, de modo que
Ammi
tuvo que esperar, temblando, mientras el pozo era vaciado cubo a cubo.
El agua
hedía de un modo insoportable, y los hombres tuvieron que taparse las
narices
con sus pañuelos para poder terminar la tarea. Menos mal que el trabajo
no fue
tan largo como habían creído, ya que el nivel del agua era
sorprendentemente
bajo. No es necesario hablar con demasiados detalles de lo que
encontraron. Merwin y Zenas estaban allí los dos, aunque sus restos eran
principalmente
esqueléticos. Había también un pequeño cordero y un perro grande en el
mismo
estado de descomposición, aproximadamente, y cierta cantidad de huesos
de
animales más pequeños. El limo del fondo parecía inexplicablemente
poroso y
burbujeante, y un hombre que bajó atado a una cuerda y provisto de una
larga
pértiga se encontró con que podía hundir la pértiga en el fango en toda
su
longitud sin encontrar ningún obstáculo.
La noche se estaba echando encima y entraron en la casa en busca de faroles.
Luego, cuando vieron que no podían sacar nada más del pozo, volvieron a entrar
en la casa y conferenciaron en la antigua sala de estar mientras la intermitente
claridad de una espectral media luna iluminaba a intervalos la gris desolación
del exterior. Los hombres estaban francamente perplejos ante aquel caso y no
podían encontrar ningún elemento convincente que relacionara las extrañas
condiciones de los vegetales, la desconocida enfermedad del ganado y de las
personas, y las inexplicables muertes de Merwin y Zenas en el pozo. Habían oído
los comentarios y las habladurías de la gente, desde luego; pero no podían creer
que hubiese ocurrido algo contrario a las leyes naturales. Era evidente que el
meteoro había emponzoñado el suelo pero la enfermedad de personas y animales que
no habían comido nada crecido en aquel suelo era harina de otro costal. ¿Se
trataba del agua del pozo? Posiblemente. No sería mala idea analizarla. Pero
¿por qué singular locura se habían arrojado los dos muchachos al pozo? Habían
actuado de un modo muy similar... y sus restos demostraban que los dos habían
padecido a causa de la muerte quebradiza y gris. ¿Por qué todas las cosas se
volvían grises y quebradizas?
El fiscal, sentado junto a una ventana que daba al patio, fue el primero en
darse cuenta de la fosforescencia que había alrededor del pozo. La noche había
caído del todo, y los terrenos que rodeaban la granja parecían brillar
débilmente con una luminosidad que no era la de los rayos de la luna; pero
aquella nueva fosforescencia era algo definido y distinto, y parecía surgir del
negro agujero como la claridad apagada de un faro, reflejándose amortiguadamente
en las pequeñas charcas que el agua vaciada del pozo había formado en el suelo.
La fosforescencia tenía un color muy raro, y mientras todos los hombres se
acercaban a la ventana para contemplar el fenómeno, Ammi lanzó una violenta
exclamación. El color de aquella fantasmal fosforescencia le resultaba familiar.
Lo había visto antes, y se sintió lleno de temor ante lo que podía significar.
Lo había visto en aquel horrendo glóbulo quebradizo hacía dos veranos, lo había
visto en la vegetación durante la primavera, y había creído verlo por un
instante aquella misma mañana contra la pequeña ventana enrejada de la horrible
habitación del ático donde habían ocurrido cosas que no tenían explicación.
Había brillado allí por espacio de un segundo, y una espantosa corriente de
vapor lo había rozado..., y luego el pobre Nahum habla sido arrastrado por algo
de aquel color. Nahum lo había dicho al final..., había dicho que era como el
glóbulo y las plantas. Después se había producido la fuga en el patio y el
chapoteo en el pozo..., y ahora aquel pozo estaba proyectando a la noche un
pálido e insidioso reflejo del mismo diabólico color.
Una prueba fehaciente de la viveza mental de Ammi es que en aquel momento de
suprema tensión se sintió intrigado por algo que era fundamentalmente
científico. Se preguntó cómo era posible recibir la misma impresión de una
corriente de vapor deslizándose en pleno día por una ventana abierta al cielo
matinal, y de una fosforescencia nocturna proyectándose contra el negro y
desolado paisaje. No era lógico..., resultaba antinatural... Y entonces recordó
las últimas palabras pronunciadas por su desdichado amigo: "Procede de algún
lugar donde las cosas no son como aquí..., uno de los profesores lo dijo..."
Los tres caballos que se encontraban en el exterior de la casa, atados a unos
árboles junto al camino, estaban ahora relinchando y coceando frenéticamente. El
conductor del carro se dirigió hacia la puerta para ver qué sucedía, pero Ammi
apoyó una mano en su hombro.
-No salga usted -susurró-. No sabemos lo que sucede ahí
afuera. Nahum dijo que en el pozo vivía algo que sorbía la vida. Dijo que era
algo que había surgido de una bola redonda como la que vimos dentro del
meteorito que cayó aquí hace más de un año. Dijo que quemaba y sorbía, y que era
una nube de color como la fosforescencia que ahora sale del pozo, y que nadie
puede saber lo que es. Nahum creía que se alimentaba de todo lo viviente y
afirmó que lo había visto la pasada semana. Tiene que ser algo caído del cielo,
igual que el meteorito, tal como dijeron los profesores de la Universidad. Su
forma y sus actos no tienen nada que ver con el mundo de Dios. Es algo que
procede del más allá.
De modo que el hombre se detuvo, indeciso, mientras la fosforescencia que
salía del pozo se hacía más intensa y los caballos coceaban y relinchaban con
creciente frenesí. Fue realmente un espantoso momento; con los restos
monstruosos de cuatro personas -dos en la misma casa y dos en el pozo-, y
aquella desconocida iridiscencia que surgía de las fangosas profundidades. Ammi
había cerrado el paso al conductor del carro llevado por un repentino impulso,
olvidando que a él mismo no le había sucedido nada después de ser rozado por
aquella horrible columna de vapor en la habitación del ático, pero no se
arrepentía de haberlo hecho. Nadie podía saber lo que había aquella noche en el
exterior; nadie podía conocer la índole de los peligros que podían acechar a un
hombre enfrentado con una amenaza completamente desconocida.
De repente, uno de los policías que estaba en la ventana profirió una
exclamación. Los demás se le quedaron mirando, y luego siguieron la dirección de
los ojos de su compañero. No había necesidad de palabras. Lo que había de
discutible en las habladurías de los campesinos ya no podría ser discutido en
adelante porque allí había seis testigos de excepción, media docena de hombres
que, por la índole de sus profesiones, no creían más que lo que veían con sus
propios ojos. Ante todo es necesario dejar sentado que a aquella hora de la
noche no soplaba ningún viento. Poco después empezó a soplar, pero en aquel
momento el aire estaba completamente inmóvil. Y, sin embargo, en medio de
aquella tensa y absoluta calma, los árboles del patio estaban moviéndose. Se
movían morbosa y espasmódicamente, agitando sus desnudas ramas, en convulsivas y
epilépticas sacudidas, hacia las nubes bañadas por la luz de la luna; arañando
con impotencia el aire inmóvil, como empujados por una misteriosa fuerza
subterránea que ascendiera desde debajo de las negras raíces.
Por espacio de unos segundos todos los hombres reunidos en la granja de
Gardner contuvieron el aliento. Luego, una nube más oscura que las demás veló la
luna, y la silueta de las agitadas ramas se disipó momentáneamente. En aquel
instante un grito de espanto se escapó de todas las gargantas, ya que el horror
no se había desvanecido con la silueta, y en un pavoroso momento de oscuridad
más profunda los hombres vieron retorcerse en la copa del más alto de los
árboles un millar de diminutos puntos fosforescentes, brillando como el fuego de
San Telmo o como las lenguas de fuego que descendieron sobre las cabezas de los
Apóstoles el día de Pentecostés. Era una monstruosa constelación de luces
sobrenaturales, como un enjambre de luciérnagas necrófagas bailando una infernal
zarabanda sobre una ciénaga maldita; y su color era el mismo que Ammi había
llegado a reconocer y a temer. Entretanto, la fosforescencia del pozo se hacía
cada vez más brillante, infundiendo en los hombres reunidos en la granja una
sensación de anormalidad que anulaba cualquier imagen que sus mentes conscientes
pudieran formar. Ya no brillaba: estaba vertiéndose hacia afuera. Y mientras la
informe corriente de indescriptible color abandonaba el pozo, parecía flotar
directamente hacia el cielo.
El veterinario se estremeció y se acercó a la puerta para echar la doble
barra. Ammi estaba también muy impresionado y tuvo que limitarse a señalar con
la mano, por falta de voz, cuando quiso llamar la atención de los demás sobre la
creciente luminosidad de los árboles. Los relinchos de los caballos se habían
convertido en algo espantoso, pero ni uno solo de aquellos hombres se hubiese
aventurado a salir por nada del mundo. El brillo de los árboles fue en aumento,
mientras sus inquietas ramas parecían extenderse más y más hacia la
verticalidad. De pronto se produjo una intensa conmoción en el camino, y cuando
Ammi alzó la lámpara para que proyectara un poco más de claridad al exterior,
comprobaron que los frenéticos caballos habían roto sus ataduras y huían
enloquecidos con el carro.
La impresión sirvió para soltar varias lenguas y se intercambiaron inquietos
susurros.
-Se extiende sobre todas las cosas orgánicas que hay por aquí
-murmuró el médico forense.
Nadie contestó, pero el hombre que había bajado al
pozo aventuró la opinión de que su pértiga debió de haber removido algo
intangible.
-Fue algo terrible -añadió-. No había fondo de ninguna clase.
Únicamente fango, y burbujas, y la sensación de algo oculto debajo...
El caballo de Ammi seguía coceando y relinchando desesperadamente en el
camino exterior y casi ahogó el débil sonido de la voz de su dueño mientras éste
murmuraba sus deshilvanadas reflexiones.
-Salió de aquella piedra..., fue
creciendo y alimentándose de todas las cosas vivas...; se alimentaba de ellas,
alma y cuerpo... Thad y Merwin, Zenas y Nabby... Nahum fue el último... Todos
bebieron agua del... Se apoderó de ellos... Llegó del más allá, donde las cosas
no son como aquí..., y ahora regresa al lugar de donde procede...
En aquel momento, mientras la columna de desconocido color brillaba con
repentina intensidad y empezaba a entrelazase, con fantásticas sugerencias de
forma que cada uno de los espectadores describió más tarde de un modo distinto,
el desdichado Hello profirió un aullido que ningún hombre había oído nunca salir
de la garganta de un caballo. Todos los que estaban en la casa se taparon los
oídos, y Ammi se apartó de la ventana horrorizado. Cuando miró de nuevo hacia el
exterior, el pobre animal yacía inerte en el suelo bañado por la luz de la luna
entre las astilladas varas de la calesa. Y allí se quedó hasta que lo enterraron
al día siguiente. Pero el momento presente no permitía entregarse a
lamentaciones, ya que casi en el mismo instante uno de los policías les llamó
silenciosamente la atención sobre algo terrible que estaba sucediendo en el
interior de la habitación donde se encontraban. Donde no alcanzaba la claridad
de la lámpara podía verse una débil fosforescencia que había empezado a invadir
toda la estancia. Brillaba en el suelo de tablas y en la raída alfombra, y
resplandecía débilmente en los marcos de las pequeñas ventanas. Corría de un
lado para otro, llenando puertas y muebles. A cada momento se hacía más intensa,
y al final se hizo evidente que las cosas vivientes debían abandonar enseguida
aquella casa.
Ammi les mostró la puerta trasera y el camino que conducía a las tierras
altas. Avanzaron con paso inseguro, como sonámbulos, y no se atrevieron a mirar
atrás hasta que llegaron al camino del Norte. Ninguno de ellos hubiera osado
pasar por el camino que discurría junto al pozo... Cuando miraron atrás, hacia
el valle y la distante granja de Gardner, contemplaron un horrible espectáculo.
Toda la granja brillaba con el espantoso y desconocido color; árboles,
edificaciones e incluso la hierba que no había sido transformada aún en
quebradiza y gris. Las ramas estaban todas extendidas hacia el cielo, coronadas
con lenguas de fuego, y radiantes goterones del mismo monstruoso fuego ardían
encima de la casa, del granero y de los cobertizos. Era una escena de una visión
de Fusell, y sobre todo el resto reinaba aquella borrachera de luminoso
amorfismo, aquel extraño arco iris de misterioso veneno del pozo..., hirviendo,
saltando, centelleando y burbujeando malignamente en su cósmico e irreconocible
cromatismo.
Luego, súbitamente, la horrible cosa salió disparada verticalmente hacia el
cielo, como un cohete o un meteoro, sin dejar ningún rastro detrás de ella y
desapareciendo a través de un redondo y curiosamente simétrico agujero abierto
en las nubes, antes de que ninguno de los hombres pudiera expresar su asombro.
Ningún espectador podría olvidar nunca aquel espectáculo, y Ammi se quedó
mirando estúpidamente el camino que habla seguido el color hasta mezclarse con
las estrellas de la Vía Láctea. Pero su mirada fue atraída inmediatamente hacia
la tierra por el estrépito que acababa de producirse en el valle. Había sido un
estrépito, y no una explosión, como afirmaron algunos de los componentes del
grupo. Pero el resultado fue el mismo, ya que en un caleidoscópico instante la
granja y sus alrededores parecieron estallar, enviando hacia el cenit una nube
de coloreados y fantásticos fragmentos. Los fragmentos se desvanecieron en el
aire, dejando una nube de vapor que al cabo de un segundo se había desvanecido
también. Los asombrados espectadores decidieron que no valía la pena esperar a
que volviera a salir la luna para comprobar los efectos de aquel cataclismo en
la granja de Nahum.
Demasiado asustados incluso para aventurar alguna teoría, los siete hombres
regresaron a Arkham por el camino del Norte. Ammi estaba peor que sus compañeros
y les suplicó que lo acompañaran hasta su casa en vez de dirigirse directamente
al pueblo. Por nada del mundo hubiera cruzado el bosque solo a aquella hora de
la noche. Estaba más asustado que los demás porque había sufrido una impresión
que los otros se habían ahorrado, y se sentía oprimido por un temor que por
espacio de muchos años no se atrevió a mencionar. Mientras el resto de los
espectadores en aquella tempestuosa colina había vuelto estólidamente sus
rostros al camino, Ammi había mirado hacia atrás por un instante para contemplar
el sombrío valle de desolación al que tantas veces había acudido. Y había visto
algo que se alzaba débilmente para hundirse de nuevo en el lugar desde el cual
el informe horror había salido disparado hacia el cielo. Era solamente un
color..., aunque no era ningún color de nuestra tierra ni de los cielos. Y
porque Ammi reconoció aquel color, y supo que sus últimos y débiles restos
debían seguir ocultos en el pozo, nunca ha estado completamente cuerdo desde
entonces.
Ammi no se acercaría a aquel lugar por nada del mundo. Hace cuarenta y cuatro
años que sucedieron los hechos que acabo de narrar, pero Ammi no ha vuelto a
pisar aquellas tierras y le alegra saber que pronto quedarán enterradas debajo
de las aguas. También a mí me alegra la idea, ya que no me gustó nada ver cómo
cambiaba de color la luz del sol al reflejarse en aquel abandonado pozo. Espero
que el agua será siempre muy profunda, pero aunque así sea nunca la beberé. No
creo que regrese a la región de Arkham. Tres de los hombres que habían estado
con Ammi volvieron al día siguiente para ver las ruinas a la luz del día, pero
en realidad no había ruinas. Únicamente los ladrillos de la chimenea, las
piedras de la bodega, algunos restos minerales y metálicos, y el brocal de aquel
nefando pozo. A excepción del caballo de Ammi, que enterraron aquella misma
mañana, y de la calesa, que no tardaron en devolver a su dueño, todas las cosas
que habían tenido vida habían desaparecido. Sólo quedaban cinco acres de
desierto polvoriento y grisáceo, y desde entonces no ha crecido en aquellos
terrenos ni una brizna de hierba. En la actualidad aparece como una gran mancha
comida por el ácido en medio de los bosques y campos, y los pocos que se han
atrevido a acercarse por allí a pesar de las leyendas campesinas le han dado el
nombre de "erial maldito".
Las leyendas campesinas son muy extrañas. Y podrían ser incluso más extrañas
si los hombres de la ciudad y los químicos universitarios tuvieran el interés
suficiente para analizar el agua de aquel pozo olvidado, o el polvo gris que
ningún viento parece dispersar. Los botánicos podrían estudiar también la
sorprendente flora que crece en los límites de aquellos terrenos, ya que de este
modo podrían confirmar o refutar lo que dice la gente: que la zona emponzoñada
está extendiéndose poco a poco, quizás una pulgada al año... La gente dice que
el color de la hierba que crece en aquellos alrededores no es el que le
corresponde y que los animales salvajes dejan extrañas huellas en la nieve
cuando llega el invierno. La nieve no parece cuajar tanto en el erial maldito
como en otros lugares. Los caballos -los pocos que quedan en esta época
motorizada- se ponen nerviosos en el silencioso valle; y los cazadores no pueden
acercarse con sus perros a las inmediaciones del erial maldito.
Dicen también que las influencias mentales son muy malas, y que todos los que
han tratado de establecerse allí, extranjeros en su inmensa mayoría, han tenido
que marcharse acosados por extrañas fantasías y sueños. Ningún viajero ha dejado
de experimentar una sensación de extrañeza en aquellas profundas hondonadas, y
los artistas tiemblan mientras pintan unos bosques cuyo misterio es tanto de la
mente como de la vista. Y yo mismo estoy sorprendido de la sensación que me
produjo mi único paseo solitario por aquellos lugares antes de que Ammi me
contara su historia.
No me pregunten mi opinión. No sé: esto es todo. La única persona que podía
ser interrogada acerca de los extraños días es Ammi, ya que la gente de Arkham
no quiere hablar de este asunto, y los tres profesores que vieron el meteorito y
su coloreado glóbulo están muertos. ¿Había otros glóbulos? Probablemente. Uno de
ellos consiguió alimentarse y escapar, en tanto que otro no había podido
alimentarse suficientemente y continuaba en el pozo... Los campesinos dicen que
la zona emponzoñada se ensancha una pulgada cada año, de modo que tal vez existe
algún tipo de crecimiento o de alimentación incluso ahora. Pero, sea lo que sea
lo que haya allí, tiene que verse trabado por algo, ya que de no ser así se
extendería rápidamente. ¿Está atado a las raíces de aquellos árboles que arañan
el aire?
Lo que es, sólo Dios lo sabe. En términos de materia, supongo que la cosa que
Ammi describió puede ser llamada un gas, pero aquel gas obedecía a unas leyes
que no son de nuestro cosmos. No era fruto de los planetas y soles que brillan
en los telescopios y en las placas fotográficas de nuestros observatorios. No
era ningún soplo de los cielos cuyos movimientos y dimensiones miden nuestros
astrónomos o consideran demasiado vastos para ser medidos. No era más que un
color surgido del espacio..., un pavoroso mensajero de unos reinos del infinito
situados más allá de la Naturaleza que nosotros conocemos; de unos reinos cuya
simple existencia aturde el cerebro con las inmensas posibilidades extracósmicas
que ofrece a nuestra imaginación.
Dudo mucho de que Ammi me mintiera de un modo consciente, y no creo que su
historia sea el relato de una mente desquiciada, como supone la gente de la
ciudad. Algo terrible llegó a las colinas y valles con aquel meteoro, y algo
terrible -aunque ignoro en qué medida- sigue estando allí. Me alegra pensar que
todos aquellos terrenos quedarán inundados por las aguas. Entretanto, espero que
no le suceda nada a Ammi. Vio tanto de la cosa..., y su influencia era tan
insidiosa... ¿Por qué no ha sido capaz de marcharse a vivir a otra parte? Ammi
es un anciano muy simpático y muy buena persona, y cuando la brigada de
trabajadores empiece su tarea tengo que escribir al ingeniero jefe para que no
lo pierda de vista. Me disgustaría recordarlo como una gris, retorcida y
quebradiza monstruosidad de las que turban cada día más mi sueño.
1. Erial: Dícese de la
tierra o campo sin cultivar ni labrar. Sinónimos: yermo, páramo, tierra
sin cultivar.
2. Saxífraga: Planta herbácea que crece entre las piedras, utilizada como ornamental.
2. Saxífraga: Planta herbácea que crece entre las piedras, utilizada como ornamental.
H.P. Lovecraft
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