domingo, 29 de julio de 2012

Intruso


Se levantó con los primeros rayos de sol. Al parecer se había dejado la persiana sin bajar y las cortinas sin cerrar. “Cojonudo”. La cabeza le daba todavía vueltas de la noche anterior y le costó un rato levantarse sin que le dieran arcadas. Apoyándose en las paredes se dirigió al baño con los ojos todavía medio cerrados y levantó la taza del váter. Se bajo los calzoncillos, hizo el gesto, pero se dio cuenta de que estaba completamente desnudo. Bueno, no era tan extraño. Tenía el pene erecto, parecía un roble, y apuntó lo mejor que pudo hacia donde quería disparar el arma. Más de dos terceras partes entraron donde tenían que entrar, el resto… Bueno, del resto ya se preocuparía más tarde. Se refrescó la cara con agua fría del grifo y se olió el aliento con la palma de la mano. “¡Joder!” Parecía recién salido de la tumba. Aquello no era una boca, era una fosa séptica. “Cosas que pasan” dijo encogiéndose de hombros.
            Pensó en darse una ducha, pero en el estado en que se encontraba no parecía la mejor idea, no quería abrirse la cabeza contra el borde de la bañera. No, por el momento. Un café. Sí, un café le sentaría bien. Para su asombro la cocina estaba ordenada. No recordaba haber recogido ayer antes de acostarse, imposible, aunque no se acordaba de mucho la verdad, suficiente que se había levantado y no estaba en coma. “Café, café, café. Y una cabeza nueva.” Lo calentó en la cafetera negra y lo puso en una taza, lo mezcló con un poco de agua fría y se lo bebió de un trago. Casi se le salió el hígado cuando acabo. Su estómago no estaba para bromas, y menos líquidos. Con lo que había asimilado ayer tenía para calentar a todos los vagabundos de la ciudad en invierno. Al recordarlo, o más bien al intuirlo, pues no se acordaba de una mierda, la bilis le subió por la garganta, ácida y ardiente. Pero no pasó de ahí.
            Pensó que mirar la hora no sería mala idea. Más que nada para volver a irse a dormir. Alzó la vista y miró el reloj que estaba colgado de ella. O lo intentó, porque allí no había ningún reloj. “En algún momento de ayer por la noche algo le pasó. Joder. Me costó lo suyo en el chino. La próxima vez va a hacer fiestas la madre que los parió.” Se quedó un rato sentado en la silla de la cocina sin pensar en nada. Un momento de silencio por las neuronas que habían fallecido durante la noche. Se decidió a darse esa ducha.
            Mientras el agua le corría por el cuerpo la niebla de su mente se fue despejando un poco. Habían empezado a beber a eso de las 21:00. Unas cervezas inofensivas. Un par de juegos con las cartas para ponerse a punto y unas pizzas del restaurante de dos calles más abajo. Después vino el típico ron con Coca-cola y la música para arrimarse a las mujeres menos desagradables. Menos desagradables, sí, no estaba el mercado como para andarse con remilgos. Sobre la 01:00 se sentaron ha hablar un rato sobre gilipolleces varias, algún tema de conversación que no requiriera de mucha agilidad mental y que todo el mundo entendiera. Una mierda bien grande, vamos. Y no pasó mucho rato hasta que a algún iluminado por los efectos del alcohol se le ocurrió que era la hora de los felices chupitos de whisky. ¡Viva! El caso es que el sólo se acordaba del primero, a partir de ahí su memoria era una enorme cagada en blanco.
            Se secó con la primera toalla que encontró y la tiró al suelo. Se sentía algo menos mal, lo justo para volver a dormirse hasta el día del juicio final. Al ir a abrir la puerta del baño se quedo mirando al pomo. Algo no encajaba. Vale que estaba resacoso y sus sentidos estaban todavía en el más allá, pero aquel no era el pomo de su puerta de baño. Barajo las posibilidades que había mentalmente de que alguien hubiese cambiado el pomo por la noche, pero que el supiera no había ningún bricomaniaco que fuera por ahí con pomos de puerta en los bolsillos. Comenzó a girar lentamente con los ojos entrecerrados como un suricato que escudriña el horizonte. Y se dio cuenta de que esos no eran sus azulejos, ni su ducha, ni su lavabo, ni su cepillo de dientes, ni su champú. “La madre de Cristo”         pensó. Poco a poco fue encajando las cosas que no acababan de encajar: la cocina, estaba limpia y ordenada, algo completamente imposible teniendo en cuenta lo sucedido por la noche. Su cafetera no era negra, es más, él no tenía una puta cafetera desde que la suya explotó a causa de la ineptitud de un amigo suyo. ¿Y el reloj? Pues claro, cómo coño iba a haber un reloj en una cocina que no era suya. “¿Qué puta mierda es esta? No sé dónde cojones estoy”.
            Al entrar en la habitación, que no era la suya, se quedo mirando el bulto que había envuelto entre las sábanas de la cama. Era tres veces su cuerpo. Eso no le gusto nada. Pero nada. Por puro e inmediato instinto se tocó el culo, lo palpo, por si notaba alguna molestia o irregularidad. No era así. Quedó algo aliviado. Pero sus ojos enseguida se posaron sobre unas bragas negras, si es que podía llamarse así a semejante red de arrastre de fondos marinos. “Por Dios, preferiría una molestia en el ojo del culo” Se fue acercando a la cama que desprendía cierto olor a tocino rancio y  a queso pasado. Levantó las sabana y lo que encontró allí tapado y desprendiendo ese atufante aroma no le dio más opción que pegar un grito.
            “¡Un puto grizzly bear me ha violado! Yo he… ella me ha… yo con eso…y…”
            La colosal masa de carnes y grasas flotantes se giró poco a poco, mientras el seguía en estado de shock mirando hacía ella. Una cara redonda, de pelo lacío, con ojos pequeños y porcinos, nariz aplastada y dientes recién salidos de la trinchera le dijo “Buenos días cariño. Menudo fiera en la cama estás hecho.” Y él no pudo más que pensar “Fiera, fiera. Tú que deberías estar encerrada en el zoo con cristales tintados como poco.”
            Decidió que no quería saber nada más sobre el tema. Nunca. Se puso los pantalones lo más rápido que pudo, cogió las zapatillas y se fue cagando leches. No recordaba nada de lo que había pasado, ni quería recordarlo. Corrió escaleras abajo, salió a la calle y siguió corriendo un rato, si mirar a dónde iba. No quería ni saber dónde se encontraba aquel apartamento. No llevaba ni cinco minutos fuera cuando el móvil le sonó en el bolsillo. Lo cogió sin mirar. “¿Si?” “Qué pasa tío, menuda noche la de ayer, eh” Ese eh final era demasiado irónico. “Sí eh ¿Y tu madre qué tal mea hijoputa?” colgó el teléfono y comenzó a correr calle arriba. Con suerte en su casa todavìa quedarìa alguna botella de whisky.

C.P. de la Fontaine 

viernes, 27 de julio de 2012

Ecstasy

Su voz resonaba por toda la estancia. Un ritmo fuerte, sordo, melodioso. Parecía salido de las entrañas de la roca. Natural, animal. Un gemido proveniente de los confines del tiempo. La confluencia de notas y compases, sazonados con los mejores sentimientos traídos de un verdadero lamento. Puro como el grito de un niño recién nacido, tóxico como el cloroformo. Esa noche nadie estaba a su altura, se había erguido sobre la cima más alta, la más grande y hermosa, clavando su corazón en ella. Solo él conocería semejante proeza, solo sería suya, única y excepcional. El pecho le latía desbocado, subiendo y bajando con un palpitar constante. Sus ojos vidriosos denotaban esa clase de felicidad que rara vez se experimenta, que algunos pocos alcanzan. Un éxtasis sensorial superior a todos los demás, la conquista de la chispa vital del ser que habita en cada uno. Había tocado su alma. No. Había sido ella. Por un segundo, o por una eternidad, supo lo que era no existir, el no permanecer, el no ser. Flotar en la inmensidad sin perturbación alguna, sin imperfecciones o impurezas. Sus miembros y sus músculos se habían relajado de tal manera que pensó que se habían fundido por el suelo. Fusionados y dando lugar a una nueva forma. Pero no era así. Su cabeza, o más bien su mente, tocó el firmamento, estalló en millones de pedazos homogéneos, percibiendo por cado uno de ellos, como si de poros de la piel se tratase. Pero lo mejor es que no sintió nada, sintió el vacío, el fresco suspiro de desvanecerse, la transparencia de dejar de ver, el olor de los pensamientos, el interior de sus vísceras, el sabor de la gloria.
Pasados unos instantes, que para él no existieron, pues el tiempo se había escapado a otra dimensión, comenzó a recobrar la consciencia. Era como despertar de un coma, de una hibernación larga y apacigüe. Sólo que se sentía más vivo, renacido, dispuesto a repetir. Sí, definitivamente. Ahora que había encontrado aquello por lo que merecía la pena vivir no podía dejarlo escapar. Era suyo. Su confortable lugar de evasión, su opiáceo, su estupefaciente, una panacea personal e intransferible. Necesitaba más. Lo necesitaba desesperadamente. ¡Era aire! ¡Su único alimento! No podía ni quería parar.
Quito las manos del fino y delicado cuello, aún cálido y algo amoratado, del cuerpo inerte que yacía bajo él, y se toco el rostro con ellas. “Su calor es mío. Yo soy ella, vive en mí” Se dijo mientras lo hacía. Las rodillas apoyadas contra el frío suelo tenían leves temblores, espasmos casi imperceptibles.
Era hermosa. Aun así, seguía siéndolo. Para él siempre lo sería.
Fuera llovía. Las gotas chocaban contra el pavimento húmedo y encharcado. La luz gris de las farolas atraía a las polillas que se arremolinaban alrededor de ellas. No había nadie más que ellos, nadie que estropeara aquel momento de intimidad. Permaneció un rato más mirando aquel hermoso cuerpo vacío, estudiando su indómita geografía, su entrañable geometría. Le dio un último beso en sus labios carmesí. Se levanto despacio, sin prisa y salió fuera. Las gotas lamieron su rostro al encontrarse con él. Se sentía bien. Nunca se había sentido mejor. Comenzó a andar como quien no se dirige a ningún sitio. Saco un cigarrillo del bolsillo y lo encendió con un gesto elegante. Antes de perder de vista el lugar se giro, lo contemplo un instante más por última vez y pensó “Ahora serás bella para siempre. Bella hasta la eternidad.”
Y se fundió con las sombras.

C.P. de la Fontaine

jueves, 26 de julio de 2012

William Blake-Proverbios del Infierno


En tiempo de siembra, aprende; en tiempo de cosecha, enseña; en invierno, goza.
Conduce tu carro y tu arado sobre los huesos de los muertos.
El camino del exceso conduce al palacio de la sabiduría.
La Prudencia es una vieja solterona rica y fea cortejada por la Incapacidad.
Aquel que desea pero no obra, engendra peste.
El gusano perdona al arado que lo corta.
Sumerge en el río a aquel que ama el agua.
El necio no ve el mismo árbol que ve el sabio.
Jamás se convertirá en estrella aquel cuyo rostro no irradie luz.
La Eternidad está enamorada de las obras del tiempo.
...
William Blake, "Proverbios del Infierno".

William Blake-Eternity



He who binds to himself a joy
Does the winged life destroy;
But he who kisses the joy as it flies
Lives in eternity's sun rise.

William Blake

Alfredo Mora Muñoz

Quisiera llevar en cada
arruga de la vida
una flor, un matojo
un volcán como
la tierra misma.

Quisiera llevar sobre mis hombros
plantas pequeñas, sencillas
prados verdes en primavera
y diminutas florecillas.

Quisiera llevar sobre mi pecho
bosques erguidos al cielo
una higuera, un manzano
y unas lilas.

Quisiera llevar en mi mente
un cantar, un pájaro
una luciérnaga como guía
una mano adelantada
al encuentro de la mía.

Quisiera ofrecerlo todo
en son de paz, para que
la misma vida viva.
 

Alfredo Mora Muñoz

lunes, 2 de julio de 2012

Henry Longfellow-El canto de Hiawatha

[...]

En la playa, Hiawatha se volvió y dijo adiós con la mano. Echó su canoa de abedul a las claras y luminosas aguas; desde los guijarros de la playa, la empujó al agua y le susurró: «¡Hacia el oeste! ¡Hacia el oeste!»
Y la canoa se lanzó como una flecha hacia adelante.
Y el sol poniente arreboló las nubes, encendió todo el cielo, como una pradera, y dejó una larga estela de esplendor sobre el agua. Y por esta estela, como por un río, navegó Hiawatha hacia poniente, hacia el ígneo ocaso, hacia los vapores de color púrpura, hacia el crepúsculo vespertino.
Y sus gentes, desde la ribera, lo vieron alejarse, subiendo y bajando en el agua, hasta que la canoa de abedul pareció elevarse muy alto en ese mar esplendoroso, hasta que se hundió en los vapores como la luna nueva, hundiéndose lenta, lentamente en la purpúrea lejanía.
Y dijeron: «¡Adiós para siempre!» Dijeron: «¡Adiós, Hiawatha!» y los bosques, sombríos y solitarios, conmovidos hasta lo más hondo de sus oscuras espesuras, susurraron: «¡Adiós, Hiawatha!» y las olas que lamían la playa murmuraron, sollozando: «¡Adiós, Hiawatha!» y la garza, la Shuh-shuh- gah, en su morada entre las ciénagas, gritó: «¡Adiós, Hiawatha!»
De este modo partió Hiawatha el Bienamado, en el esplendor del ocaso, en las brumas purpúreas del atardecer, hacia las regiones del Viento de los Lares, del Viento del Noroeste, Keewaydin, hacia las Islas de los Bienaventurados, el reino de Ponemah, la tierra del Más Allá.

Henry Longfellow