Se levantó con los primeros rayos de sol. Al parecer se
había dejado la persiana sin bajar y las cortinas sin cerrar. “Cojonudo”. La
cabeza le daba todavía vueltas de la noche anterior y le costó un rato
levantarse sin que le dieran arcadas. Apoyándose en las paredes se dirigió al
baño con los ojos todavía medio cerrados y levantó la taza del váter. Se bajo
los calzoncillos, hizo el gesto, pero se dio cuenta de que estaba completamente
desnudo. Bueno, no era tan extraño. Tenía el pene erecto, parecía un roble, y
apuntó lo mejor que pudo hacia donde quería disparar el arma. Más de dos
terceras partes entraron donde tenían que entrar, el resto… Bueno, del resto ya
se preocuparía más tarde. Se refrescó la cara con agua fría del grifo y se olió
el aliento con la palma de la mano. “¡Joder!” Parecía recién salido de la
tumba. Aquello no era una boca, era una fosa séptica. “Cosas que pasan” dijo
encogiéndose de hombros.
Pensó en
darse una ducha, pero en el estado en que se encontraba no parecía la mejor
idea, no quería abrirse la cabeza contra el borde de la bañera. No, por el
momento. Un café. Sí, un café le sentaría bien. Para su asombro la cocina
estaba ordenada. No recordaba haber recogido ayer antes de acostarse,
imposible, aunque no se acordaba de mucho la verdad, suficiente que se había
levantado y no estaba en coma. “Café, café, café. Y una cabeza nueva.” Lo
calentó en la cafetera negra y lo puso en una taza, lo mezcló con un poco de
agua fría y se lo bebió de un trago. Casi se le salió el hígado cuando acabo.
Su estómago no estaba para bromas, y menos líquidos. Con lo que había asimilado
ayer tenía para calentar a todos los vagabundos de la ciudad en invierno. Al
recordarlo, o más bien al intuirlo, pues no se acordaba de una mierda, la bilis
le subió por la garganta, ácida y ardiente. Pero no pasó de ahí.
Pensó que
mirar la hora no sería mala idea. Más que nada para volver a irse a dormir.
Alzó la vista y miró el reloj que estaba colgado de ella. O lo intentó, porque
allí no había ningún reloj. “En algún momento de ayer por la noche algo le
pasó. Joder. Me costó lo suyo en el chino. La próxima vez va a hacer fiestas la
madre que los parió.” Se quedó un rato sentado en la silla de la cocina sin
pensar en nada. Un momento de silencio por las neuronas que habían fallecido durante
la noche. Se decidió a darse esa ducha.
Mientras el
agua le corría por el cuerpo la niebla de su mente se fue despejando un poco.
Habían empezado a beber a eso de las 21:00. Unas cervezas inofensivas. Un par
de juegos con las cartas para ponerse a punto y unas pizzas del restaurante de
dos calles más abajo. Después vino el típico ron con Coca-cola y la música para
arrimarse a las mujeres menos desagradables. Menos desagradables, sí, no estaba
el mercado como para andarse con remilgos. Sobre la 01:00 se sentaron ha hablar
un rato sobre gilipolleces varias, algún tema de conversación que no requiriera
de mucha agilidad mental y que todo el mundo entendiera. Una mierda bien
grande, vamos. Y no pasó mucho rato hasta que a algún iluminado por los efectos
del alcohol se le ocurrió que era la hora de los felices chupitos de whisky.
¡Viva! El caso es que el sólo se acordaba del primero, a partir de ahí su
memoria era una enorme cagada en blanco.
Se secó con
la primera toalla que encontró y la tiró al suelo. Se sentía algo menos mal, lo
justo para volver a dormirse hasta el día del juicio final. Al ir a abrir la
puerta del baño se quedo mirando al pomo. Algo no encajaba. Vale que estaba
resacoso y sus sentidos estaban todavía en el más allá, pero aquel no era el
pomo de su puerta de baño. Barajo las posibilidades que había mentalmente de
que alguien hubiese cambiado el pomo por la noche, pero que el supiera no había
ningún bricomaniaco que fuera por ahí
con pomos de puerta en los bolsillos. Comenzó a girar lentamente con los ojos
entrecerrados como un suricato que escudriña el horizonte. Y se dio cuenta de
que esos no eran sus azulejos, ni su ducha, ni su lavabo, ni su cepillo de
dientes, ni su champú. “La madre de Cristo” pensó.
Poco a poco fue encajando las cosas que no acababan de encajar: la cocina,
estaba limpia y ordenada, algo completamente imposible teniendo en cuenta lo
sucedido por la noche. Su cafetera no era negra, es más, él no tenía una puta
cafetera desde que la suya explotó a causa de la ineptitud de un amigo suyo. ¿Y
el reloj? Pues claro, cómo coño iba a haber un reloj en una cocina que no era
suya. “¿Qué puta mierda es esta? No sé dónde cojones estoy”.
Al entrar
en la habitación, que no era la suya, se quedo mirando el bulto que había
envuelto entre las sábanas de la cama. Era tres veces su cuerpo. Eso no le
gusto nada. Pero nada. Por puro e inmediato instinto se tocó el culo, lo palpo,
por si notaba alguna molestia o irregularidad. No era así. Quedó algo aliviado.
Pero sus ojos enseguida se posaron sobre unas bragas negras, si es que podía
llamarse así a semejante red de arrastre de fondos marinos. “Por Dios,
preferiría una molestia en el ojo del culo” Se fue acercando a la cama que
desprendía cierto olor a tocino rancio y
a queso pasado. Levantó las sabana y lo que encontró allí tapado y
desprendiendo ese atufante aroma no le dio más opción que pegar un grito.
“¡Un puto grizzly bear me ha violado! Yo he… ella
me ha… yo con eso…y…”
La colosal
masa de carnes y grasas flotantes se giró poco a poco, mientras el seguía en
estado de shock mirando hacía ella.
Una cara redonda, de pelo lacío, con ojos pequeños y porcinos, nariz aplastada
y dientes recién salidos de la trinchera le dijo “Buenos días cariño. Menudo
fiera en la cama estás hecho.” Y él no pudo más que pensar “Fiera, fiera. Tú
que deberías estar encerrada en el zoo con cristales tintados como poco.”
Decidió que no quería saber nada más sobre el tema.
Nunca. Se puso los pantalones lo más rápido que pudo, cogió las zapatillas y se
fue cagando leches. No recordaba nada de lo que había pasado, ni quería
recordarlo. Corrió escaleras abajo, salió a la calle y siguió corriendo un
rato, si mirar a dónde iba. No quería ni saber dónde se encontraba aquel
apartamento. No llevaba ni cinco minutos fuera cuando el móvil le sonó en el
bolsillo. Lo cogió sin mirar. “¿Si?” “Qué pasa tío, menuda noche la de ayer,
eh” Ese eh final era demasiado
irónico. “Sí eh ¿Y tu madre qué tal
mea hijoputa?” colgó el teléfono y comenzó a correr calle arriba. Con suerte en
su casa todavìa quedarìa alguna botella de whisky.
C.P. de la Fontaine


