lunes, 2 de julio de 2012

Henry Longfellow-El canto de Hiawatha

[...]

En la playa, Hiawatha se volvió y dijo adiós con la mano. Echó su canoa de abedul a las claras y luminosas aguas; desde los guijarros de la playa, la empujó al agua y le susurró: «¡Hacia el oeste! ¡Hacia el oeste!»
Y la canoa se lanzó como una flecha hacia adelante.
Y el sol poniente arreboló las nubes, encendió todo el cielo, como una pradera, y dejó una larga estela de esplendor sobre el agua. Y por esta estela, como por un río, navegó Hiawatha hacia poniente, hacia el ígneo ocaso, hacia los vapores de color púrpura, hacia el crepúsculo vespertino.
Y sus gentes, desde la ribera, lo vieron alejarse, subiendo y bajando en el agua, hasta que la canoa de abedul pareció elevarse muy alto en ese mar esplendoroso, hasta que se hundió en los vapores como la luna nueva, hundiéndose lenta, lentamente en la purpúrea lejanía.
Y dijeron: «¡Adiós para siempre!» Dijeron: «¡Adiós, Hiawatha!» y los bosques, sombríos y solitarios, conmovidos hasta lo más hondo de sus oscuras espesuras, susurraron: «¡Adiós, Hiawatha!» y las olas que lamían la playa murmuraron, sollozando: «¡Adiós, Hiawatha!» y la garza, la Shuh-shuh- gah, en su morada entre las ciénagas, gritó: «¡Adiós, Hiawatha!»
De este modo partió Hiawatha el Bienamado, en el esplendor del ocaso, en las brumas purpúreas del atardecer, hacia las regiones del Viento de los Lares, del Viento del Noroeste, Keewaydin, hacia las Islas de los Bienaventurados, el reino de Ponemah, la tierra del Más Allá.

Henry Longfellow

No hay comentarios:

Publicar un comentario