sábado, 30 de junio de 2012

Jean Paul Richter-Proemio

Yo, la estupidez, adopto ora esta, ora aquella forma respetable para mostrarme ante los hombres con mis mejores galas, pero en todas las épocas soy solo del agrado de quienes me ven bajo su mismo aspecto, porque cada cual aprecia solamente la estupidez que más se parece a la suya. Ora luzco en el cortesano atildado, que, como un cuadro, presenta todos sus méritos en la cara exterior, recibe el entendimiento que le procura su uniforme y, exaltando los defectos del poderoso, obtiene recompensa por los suyos. Ora me deslizo en el cerebro oscuro de un filósofo escolástico, fundo sectas en virtud de mi naturaleza incomprensible, demuestro el absurdo mediante silogismos y en parágrafos, y compenso con profundidad en el semblante la ausencia de la misma en el cerebro. Ora pido prestado el cuerpo bello de una mujer, dejo que me admiren, me adoren, me consagren poemas y me concedan todos los dones del ingenio que con gusto se atribuyen a toda mujer bella a cambio del disfrute de su belleza. Ora canto bajo la enjuta figura de un poeta que colma a su protector, el día que este cumple años, de todas las virtudes de las que aún no ha disfrutado el año anterior. Ora soy yo el protector mismo, que paga al estúpido el elogio de la estupidez. Ora desciendo de las alturas y me deslizo en un clérigo, cuya figura sin embargo solo adopto los domingos, del mismo modo que otros hacen con sus ropajes festivos. Mas todas estas metamorfosis no me procuran sino siempre admiradores distintos, nunca diversos en número. Para así evitar esta mudanza constante del elogio a la censura, quiero demostrar en un discurso que soy la benefactora de la mayor parte de los hombres, y que es la misma estupidez la que suspira en la santa que ha llegado al término de su vida o en el poeta de moda, la que en el viejo teólogo prueba el absurdo con versículos y en el pedante de escuela con argumentos, y la que recibe en la persona del aspirante a los cargos que reparte en el protector. Si todo el mundo profesara a la estupidez casi tanta admiración y amor como los que se profesa a sí mismo, sería tan grande como Temístocles, al que todos sus guerreros tenían por el más valeroso después de sí mismos.
No debe confundirse mi elogio con el que Erasmo dedicó a la locura. Pues la locura es claramente distinta a mí, y no se engendra sino por el cruce de la sapiencia conmigo, como el mulo surge de la unión del caballo con el burro. Por eso un estúpido ama más a un estúpido que a un loco. Por lo demás, no habría pensado en ese libro, que está en latín y ni siquiera fue escrito en este siglo, si no hubiera llegado a manos de eruditos e iletrados en una nueva traducción.
Me he guardado bien de parecer profunda e incluso razonable en lugar de ser galante, porque escribo también para aquellas damas a las que cabe suponer ojos hermosos, aunque no necesariamente perspicaces.
A la gente le asombrará que la estupidez se haga escritora, pero haría mejor en asombrarse de que lo hiciera la sapiencia.
No quiero convertir este proemio en una humilde plegaria expiatoria a los jueces literarios: en tanto estupidez, dispongo siempre de riquezas suficientes para comprar a quienes elogio de la estupidez comercian con indulgencias de eruditos el perdón por mis pecados, así los pasados como los futuros. Diría aún muchas otras cosas que no hacen al caso, pero me limitaré a decir lo que es debido, a saber: que de toda la república de las letras se despide, suya,

La estupidez

por Jean Paul Richter, "Elogio de la estupidez y otros textos sobre idiotas"

jueves, 28 de junio de 2012

Infecto




Sueño infecto, que rodeado de miseria
Se pudre bajo una niebla de vehemencia.
Mientras unos ríen, otros sobreviven
En un mundo esculpido en barbarie
Que no permite indulgencia a nadie.

Crónicas teñidas en sudor de sangre.
Vidas socavadas por una maquinaria
Con combustible absolutamente despreciable.

Vagabundos desposeídos de su nombre,
Putas que no cobran a nadie,
Autoestopistas sin equipaje,
Yonquis consumidos por el hambre
Y niños jugando a ser hombres.

Crónicas teñidas en sudor de sangre.
Mentes famélicas en días sombríos
Oprimidas bajo su pesado yugo.

¿Hacía dónde se dirige este,
Nuestro canto dormido?

C.P. de la Fontaine

miércoles, 27 de junio de 2012

Allen Ginsberg-Aullido


Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locu-
ra, hambrientas, famélicas, histéricas desnudas,
arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca
de un colérico pinchazo,
hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión
            celestial con la estrella dínamo de la maquinaria nocturna,
que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la no-
            che fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos
            de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades con-
            templando jazz,
que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo de El y vieron
            ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos ilumi-
            nados,
que pasaron por las universidades con radiantes ojos impertur-
            bables alucinando Arkansas y tragedia en la luz de Blake
            entre los maestros de la guerra,
que fueron expulsados de las academias por locos y por publi-
            car odas obscenas en las ventanas de la calavera,
que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar,
            quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror a
            través del muro,
que fuero arrestados por sus barbas púbicas regresando por
            Laredo con un cinturón marihuana hacía Nueva York,
que comieron fuego en hoteles de pintura o bebieron trementi-
            na en Paradise Alley, muerte, o sometieron sus torsos a un
            purgatorio noche tras noche,
con sueños, con drogas, con pesadillas que despiertan, alcohol
            y verga y bailes sin fin,
[…]

Allen Ginsberg

lunes, 25 de junio de 2012

Recuerdo


Tú, que caminaste toda la noche
Bajo la oscuridad del silencio.
Tú, que caminaste descalzo
En el más frío de los inviernos.

¿Qué fue de aquel sustento
Que dormitaba bajo la piel
De un mirar somnoliento?

Tú, que saltaste al vacío
Con aquellos, los ojos, abiertos.
Tú, que no sabías hacia donde,
Pero si el lugar de un momento.

Y vagaste,  deambulaste, entre
La arboleda de sueños rotos.
Sólo, como un monstruo.

Tú, el devastador de atardeceres
En puestas de despertares inertes.
Tú, el incansable oyente
En huracanes de sonidos inexistentes.

Permaneciste aletargado e incipiente,
Entre el calor de un basto continente
Si mayor mapa que mi propia mente.

Y es, que ya no queda nada,
Más que la soledad
De un recuerdo todavía convaleciente.
C.P. de la Fontaine

El silencio de la juventud


Como le recuerdo, me parece que esté tan vivo y presente que algunas veces dudo si realmente debo decir le recuerdo. Fue el invierno, ese frío invierno de manos gélidas el que paralizó mis ideas en el breve instante en que sus ojos se clavaron tan llenos de vida y realmente tan etéreos, que no supe qué decir, salvo llorar. Su sonrisa era distinta, nunca había sonreído así, parecía una contradicción, cómo unos ojos podían fingir una cosa y sus comisuras transmitir otras, eso es un misterio que jamás llegaré a desenmarañar.
En el pueblo no se oía otra cosa, todos hacían corrillos y hablaban en susurros sobre cómo podía haber sido él. Solo tenía veintiún años y estaba en la flor de la vida, aunque el hielo solo oxidó el corazón que latía apenas inerte tras los sucesos del largo verano.
El rojo fuego, la mirada lasciva, los pechos tersos y cálidos ante las gotas de sudor que perlaban su escote, aquella sonrisa traviesa y dulce que acunaba con unas palabras tan lóbregas como insinuantes, esa, esa fue su perdición.
Recuerdo que él anhelaba esa figura joven, una muchacha algo más pequeña que ella, pero que sin embargo, ya poseía dos corazones, pues hacía tiempo que él, no quería vivir con un corazón que no le pertenecía.
Oculto en la oscuridad, siempre velaba por ella, ya que nunca tuvo el arrojo necesario para hacer hablar a sus tímidas palabras. Sus ojos, parecían brillar como si vieran a una estrella fugaz, e incluso su instinto más primario, parecía alzarse para saludar con alevosía a su musa y señora. Eso fue lo que acabó con él.
Al llegar el final del verano, tras la llegada de las primeras huestas del otoño, ella enfermó, enfermó de amor por una codicia, el vil dinero y las sucias aspiraciones, hicieron que creciera en ella lo que estuvo floreciendo en su juventud.
Él, harto de ver como ella recorría no solo las calles, si no casas y demás lugares con el fin de pintar una sonrisa en el rostro y agrandar su riqueza efímera, decidió actuar en consecuencia.
En el final de las hojas, cuando el último árbol lloró la pérdida de su vestigio de esplendor y quedó totalmente desprotegido, un agudo grito inundó el lugar. Las calles parecían querer acallar tal espanto lleno de dolor y tristeza, pero a la gama de marrones se sumó el rojo líquido y espeso de una muerte.
Ella apareció en el suelo, le había extirpado su sexo y la boca de la joven estaba repleta de dinero, a su lado, como si fuese otra hoja más acaida por el frío próximo, había una nota ensangrentada: "Te di mi corazón y sin embargo, lo cambiaste por dinero, jamás quise pagar por tus servicios, sino tu sincera compañía, ahora que no puedo me llevaré lo que tanto dinero te dio y por ello te pago, aunque no sea suficiente para expiar tus pecados cuando ya te hayas ido".
El joven, aquel que jamás había llegado a hablar con ella, había sido su ejecutor, su verdugo en medio de la calla angosta y tenebrosa que ahora era el lecho en donde tantas veces había yacido y en donde jamás volvería a ponerse en pie.
Así fue como a la llegada del invierno, comenzó a palidecer. Los médicos auguraban que no vería un nuevo año, y es que parecía estar inerte, sin un plausible latido de corazón, pero antes de marcharse dejó una nota y esta su historia, que yo solo rememoro como me pidió.
"He amado, he visto y he matado, sin embargo, no recibí amor ninguno, no fui visto por nadie y jamás viví, lo más estúpido que hice fue dar mi corazón, y ahora que apenas tengo voz tras tanta lágrima derramada, tú serás mi voz, ya que cuando vuelva con ella, ella será mi condenación."


                                                                                                                                  Shaëdor

domingo, 24 de junio de 2012

Wandering Star


I was born under a wandrin' star
I was born under a wandrin' star
Wheels are made for rolling, mules are made to pack
I've never seen a sight that didn't look better looking back
I was born under a wandrin' star


Mud can make you prisoner and the plains can bake you dry
Snow can burn your eyes, but only people make you cry
Home is made for coming from, for dreams of going to
Which with any luck will never come true
I was born under a wandrin' star
I was born under a wandrin' star


Do I know where hell is, hell is in hello
Heaven is goodbye forever, its time for me to go
I was born under a wandrin' star
A wandrin' wandrin' star


(Mud can make you prisoner and the plains can bake you dry)
(Snow can burn your eyes, but only people make you cry)
(Home is made for coming from, for dreams of going to)
(Which with any luck will never come true)
(I was born under a wandrin' star)
(I was born under a wandrin' star)


When I get to heaven, tie me to a tree
For I'll begin to roam and soon you'll know where I will be
I was born under a wandrin' star
A wandrin' wandrin' star 

miércoles, 20 de junio de 2012

T.S. Eliot-La tierra baldía

[...]
¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tú sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa. Sólo
hay sombra bajo esta roca roja
(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),
y te enseñaré algo que no es
ni la sombra tuya que te sigue por la mañana
ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;
te mostraré el miedo en un puñado de polvo

[...]
T.S. Eliot

martes, 19 de junio de 2012

Al marino


Rodeado de dulce coral,
Yacía el marinero de agua salada.
La Mar le dio la vida,
Y ella será su eterna morada.
Conoció la aventura
Y Bóreas hinchó sus velas
Bajo delicadas olas de espuma primigenia.

Su cuerpo curtido
Bajo truenos y sal
En la explanada celeste
Con los astros y las tormentas de primavera.
Ásperas las manos,
Duro el rostro
Y firmes las botas anquilosadas por la marea.

Su amada y querida,
Esa vieja goleta,
Desafiante ante lo desconocido
Y cautelosa frente al enemigo.
Del roble más noble
Surgió su silueta
Imponente y barbada de moluscos del Índico.

Sobre las corrientes del Océano
Navegan él y su navío
Trazando surcos sobre corrientes
De fuego marino.
No hay prisa,
Ni tampoco puerto querido.
Tan sólo un ser enloquecido.

Ahí yace,
Donde se acaba el mundo
Y se recuestan los sueños.
Allí descansa el marinero olvidado,
Cubierto bajo un manto salado.
Con las botas puestas
Y el timón encallado.

C.P. de la Fontaine

Moribundo


Me ahogo
En un mar de nada.
Sumergido en la más solitaria
De las sonrisas amargas.

     Necesito una brisa de aire

¡Oh, nadie! Ven.

Sometido bajo la robusta
Columna de pétreo carmesí,
Me he visto a mí,
A mí mismo morir.

     No hay a quien amar.

Agonizante estrella surgida de ti.

Pero ya no sufro,
Pues vacío no estoy.
Azufre corre por mis entrañas
Ponzoñosas de cruel pasión.

     No se puede parar.

¿Es acaso esto el final?

Este alma ha caducado,
Su tiempo se ha marchitado.
Rota por una sensación,
Y enterrada por un corazón.

     Vuela por el vacío.

Alimenta tu interior.

Ya no lloro,
Por el contario río.
Nado en un temor enfurecido
Hacia un destino desconocido.

     Adiós querido calor.

¡Bienvenidos! Gritar.

La muerte no es sólo morir,
No es dejar de respirar
O caer rendido.
No es sólo quedarse dormido.

     ¡Lo he sentido!

Y creerme enloquecido.

Mi pecho oxidado chirría
En busca de un nuevo principio.
Y brota enterrado,
El tallo de lo vivido.
    
     Nadie podrá arrancarlo.

Saltar sobre un precipicio.

No derraméis lágrimas por mí,
Pues caerían en lo infinito.
No lo hagáis,
Pues todavía queda camino.

     He muerto,

Y he sobrevivido.

C.P. de la Fontaine