Yo, la estupidez, adopto ora esta, ora aquella forma respetable para mostrarme ante los hombres con mis mejores galas, pero en todas las épocas soy solo del agrado de quienes me ven bajo su mismo aspecto, porque cada cual aprecia solamente la estupidez que más se parece a la suya. Ora luzco en el cortesano atildado, que, como un cuadro, presenta todos sus méritos en la cara exterior, recibe el entendimiento que le procura su uniforme y, exaltando los defectos del poderoso, obtiene recompensa por los suyos. Ora me deslizo en el cerebro oscuro de un filósofo escolástico, fundo sectas en virtud de mi naturaleza incomprensible, demuestro el absurdo mediante silogismos y en parágrafos, y compenso con profundidad en el semblante la ausencia de la misma en el cerebro. Ora pido prestado el cuerpo bello de una mujer, dejo que me admiren, me adoren, me consagren poemas y me concedan todos los dones del ingenio que con gusto se atribuyen a toda mujer bella a cambio del disfrute de su belleza. Ora canto bajo la enjuta figura de un poeta que colma a su protector, el día que este cumple años, de todas las virtudes de las que aún no ha disfrutado el año anterior. Ora soy yo el protector mismo, que paga al estúpido el elogio de la estupidez. Ora desciendo de las alturas y me deslizo en un clérigo, cuya figura sin embargo solo adopto los domingos, del mismo modo que otros hacen con sus ropajes festivos. Mas todas estas metamorfosis no me procuran sino siempre admiradores distintos, nunca diversos en número. Para así evitar esta mudanza constante del elogio a la censura, quiero demostrar en un discurso que soy la benefactora de la mayor parte de los hombres, y que es la misma estupidez la que suspira en la santa que ha llegado al término de su vida o en el poeta de moda, la que en el viejo teólogo prueba el absurdo con versículos y en el pedante de escuela con argumentos, y la que recibe en la persona del aspirante a los cargos que reparte en el protector. Si todo el mundo profesara a la estupidez casi tanta admiración y amor como los que se profesa a sí mismo, sería tan grande como Temístocles, al que todos sus guerreros tenían por el más valeroso después de sí mismos.
No debe confundirse mi elogio con el que Erasmo dedicó a la locura. Pues la locura es claramente distinta a mí, y no se engendra sino por el cruce de la sapiencia conmigo, como el mulo surge de la unión del caballo con el burro. Por eso un estúpido ama más a un estúpido que a un loco. Por lo demás, no habría pensado en ese libro, que está en latín y ni siquiera fue escrito en este siglo, si no hubiera llegado a manos de eruditos e iletrados en una nueva traducción.
Me he guardado bien de parecer profunda e incluso razonable en lugar de ser galante, porque escribo también para aquellas damas a las que cabe suponer ojos hermosos, aunque no necesariamente perspicaces.
A la gente le asombrará que la estupidez se haga escritora, pero haría mejor en asombrarse de que lo hiciera la sapiencia.
No quiero convertir este proemio en una humilde plegaria expiatoria a los jueces literarios: en tanto estupidez, dispongo siempre de riquezas suficientes para comprar a quienes elogio de la estupidez comercian con indulgencias de eruditos el perdón por mis pecados, así los pasados como los futuros. Diría aún muchas otras cosas que no hacen al caso, pero me limitaré a decir lo que es debido, a saber: que de toda la república de las letras se despide, suya,
No debe confundirse mi elogio con el que Erasmo dedicó a la locura. Pues la locura es claramente distinta a mí, y no se engendra sino por el cruce de la sapiencia conmigo, como el mulo surge de la unión del caballo con el burro. Por eso un estúpido ama más a un estúpido que a un loco. Por lo demás, no habría pensado en ese libro, que está en latín y ni siquiera fue escrito en este siglo, si no hubiera llegado a manos de eruditos e iletrados en una nueva traducción.
Me he guardado bien de parecer profunda e incluso razonable en lugar de ser galante, porque escribo también para aquellas damas a las que cabe suponer ojos hermosos, aunque no necesariamente perspicaces.
A la gente le asombrará que la estupidez se haga escritora, pero haría mejor en asombrarse de que lo hiciera la sapiencia.
No quiero convertir este proemio en una humilde plegaria expiatoria a los jueces literarios: en tanto estupidez, dispongo siempre de riquezas suficientes para comprar a quienes elogio de la estupidez comercian con indulgencias de eruditos el perdón por mis pecados, así los pasados como los futuros. Diría aún muchas otras cosas que no hacen al caso, pero me limitaré a decir lo que es debido, a saber: que de toda la república de las letras se despide, suya,
La estupidez
por Jean Paul Richter, "Elogio de la estupidez y otros textos sobre idiotas"



