lunes, 25 de junio de 2012

El silencio de la juventud


Como le recuerdo, me parece que esté tan vivo y presente que algunas veces dudo si realmente debo decir le recuerdo. Fue el invierno, ese frío invierno de manos gélidas el que paralizó mis ideas en el breve instante en que sus ojos se clavaron tan llenos de vida y realmente tan etéreos, que no supe qué decir, salvo llorar. Su sonrisa era distinta, nunca había sonreído así, parecía una contradicción, cómo unos ojos podían fingir una cosa y sus comisuras transmitir otras, eso es un misterio que jamás llegaré a desenmarañar.
En el pueblo no se oía otra cosa, todos hacían corrillos y hablaban en susurros sobre cómo podía haber sido él. Solo tenía veintiún años y estaba en la flor de la vida, aunque el hielo solo oxidó el corazón que latía apenas inerte tras los sucesos del largo verano.
El rojo fuego, la mirada lasciva, los pechos tersos y cálidos ante las gotas de sudor que perlaban su escote, aquella sonrisa traviesa y dulce que acunaba con unas palabras tan lóbregas como insinuantes, esa, esa fue su perdición.
Recuerdo que él anhelaba esa figura joven, una muchacha algo más pequeña que ella, pero que sin embargo, ya poseía dos corazones, pues hacía tiempo que él, no quería vivir con un corazón que no le pertenecía.
Oculto en la oscuridad, siempre velaba por ella, ya que nunca tuvo el arrojo necesario para hacer hablar a sus tímidas palabras. Sus ojos, parecían brillar como si vieran a una estrella fugaz, e incluso su instinto más primario, parecía alzarse para saludar con alevosía a su musa y señora. Eso fue lo que acabó con él.
Al llegar el final del verano, tras la llegada de las primeras huestas del otoño, ella enfermó, enfermó de amor por una codicia, el vil dinero y las sucias aspiraciones, hicieron que creciera en ella lo que estuvo floreciendo en su juventud.
Él, harto de ver como ella recorría no solo las calles, si no casas y demás lugares con el fin de pintar una sonrisa en el rostro y agrandar su riqueza efímera, decidió actuar en consecuencia.
En el final de las hojas, cuando el último árbol lloró la pérdida de su vestigio de esplendor y quedó totalmente desprotegido, un agudo grito inundó el lugar. Las calles parecían querer acallar tal espanto lleno de dolor y tristeza, pero a la gama de marrones se sumó el rojo líquido y espeso de una muerte.
Ella apareció en el suelo, le había extirpado su sexo y la boca de la joven estaba repleta de dinero, a su lado, como si fuese otra hoja más acaida por el frío próximo, había una nota ensangrentada: "Te di mi corazón y sin embargo, lo cambiaste por dinero, jamás quise pagar por tus servicios, sino tu sincera compañía, ahora que no puedo me llevaré lo que tanto dinero te dio y por ello te pago, aunque no sea suficiente para expiar tus pecados cuando ya te hayas ido".
El joven, aquel que jamás había llegado a hablar con ella, había sido su ejecutor, su verdugo en medio de la calla angosta y tenebrosa que ahora era el lecho en donde tantas veces había yacido y en donde jamás volvería a ponerse en pie.
Así fue como a la llegada del invierno, comenzó a palidecer. Los médicos auguraban que no vería un nuevo año, y es que parecía estar inerte, sin un plausible latido de corazón, pero antes de marcharse dejó una nota y esta su historia, que yo solo rememoro como me pidió.
"He amado, he visto y he matado, sin embargo, no recibí amor ninguno, no fui visto por nadie y jamás viví, lo más estúpido que hice fue dar mi corazón, y ahora que apenas tengo voz tras tanta lágrima derramada, tú serás mi voz, ya que cuando vuelva con ella, ella será mi condenación."


                                                                                                                                  Shaëdor

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