Tú,
que caminaste toda la noche
Bajo la oscuridad del silencio.
Tú,
que caminaste descalzo
En el más
frío de los inviernos.
¿Qué fue
de aquel sustento
Que dormitaba bajo la piel
De un mirar somnoliento?
Tú,
que saltaste al vacío
Con aquellos, los ojos, abiertos.
Tú,
que no sabías hacia
donde,
Pero si el lugar de un momento.
Y vagaste,
deambulaste, entre
La arboleda de sueños rotos.
Sólo,
como un monstruo.
Tú,
el devastador de atardeceres
En puestas de despertares inertes.
Tú,
el incansable oyente
En huracanes de sonidos inexistentes.
Permaneciste aletargado e incipiente,
Entre el calor de un basto continente
Si mayor mapa que mi propia mente.
Y es, que ya no queda nada,
Más
que la soledad
De un recuerdo todavía convaleciente.
C.P. de la Fontaine
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