miércoles, 27 de junio de 2012

Allen Ginsberg-Aullido


Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locu-
ra, hambrientas, famélicas, histéricas desnudas,
arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca
de un colérico pinchazo,
hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión
            celestial con la estrella dínamo de la maquinaria nocturna,
que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la no-
            che fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos
            de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades con-
            templando jazz,
que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo de El y vieron
            ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos ilumi-
            nados,
que pasaron por las universidades con radiantes ojos impertur-
            bables alucinando Arkansas y tragedia en la luz de Blake
            entre los maestros de la guerra,
que fueron expulsados de las academias por locos y por publi-
            car odas obscenas en las ventanas de la calavera,
que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar,
            quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror a
            través del muro,
que fuero arrestados por sus barbas púbicas regresando por
            Laredo con un cinturón marihuana hacía Nueva York,
que comieron fuego en hoteles de pintura o bebieron trementi-
            na en Paradise Alley, muerte, o sometieron sus torsos a un
            purgatorio noche tras noche,
con sueños, con drogas, con pesadillas que despiertan, alcohol
            y verga y bailes sin fin,
[…]

Allen Ginsberg

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