Rodeado de dulce coral,
Yacía
el marinero de agua salada.
La Mar le dio la vida,
Y ella será
su eterna morada.
Conoció
la aventura
Y Bóreas
hinchó sus velas
Bajo delicadas olas de espuma primigenia.
Su cuerpo curtido
Bajo truenos y sal
En la explanada celeste
Con los astros y las tormentas de primavera.
Ásperas las manos,
Duro el rostro
Y firmes las botas anquilosadas por la marea.
Su amada y querida,
Esa vieja goleta,
Desafiante ante lo desconocido
Y cautelosa frente al enemigo.
Del roble más
noble
Surgió
su silueta
Imponente y barbada de moluscos del Índico.
Sobre las corrientes del Océano
Navegan él
y su navío
Trazando surcos sobre corrientes
De fuego marino.
No hay prisa,
Ni tampoco puerto querido.
Tan sólo
un ser enloquecido.
Ahí
yace,
Donde se acaba el mundo
Y se recuestan los sueños.
Allí
descansa el marinero olvidado,
Cubierto bajo un manto salado.
Con las botas puestas
Y el timón
encallado.
C.P. de la Fontaine
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