viernes, 27 de julio de 2012

Ecstasy

Su voz resonaba por toda la estancia. Un ritmo fuerte, sordo, melodioso. Parecía salido de las entrañas de la roca. Natural, animal. Un gemido proveniente de los confines del tiempo. La confluencia de notas y compases, sazonados con los mejores sentimientos traídos de un verdadero lamento. Puro como el grito de un niño recién nacido, tóxico como el cloroformo. Esa noche nadie estaba a su altura, se había erguido sobre la cima más alta, la más grande y hermosa, clavando su corazón en ella. Solo él conocería semejante proeza, solo sería suya, única y excepcional. El pecho le latía desbocado, subiendo y bajando con un palpitar constante. Sus ojos vidriosos denotaban esa clase de felicidad que rara vez se experimenta, que algunos pocos alcanzan. Un éxtasis sensorial superior a todos los demás, la conquista de la chispa vital del ser que habita en cada uno. Había tocado su alma. No. Había sido ella. Por un segundo, o por una eternidad, supo lo que era no existir, el no permanecer, el no ser. Flotar en la inmensidad sin perturbación alguna, sin imperfecciones o impurezas. Sus miembros y sus músculos se habían relajado de tal manera que pensó que se habían fundido por el suelo. Fusionados y dando lugar a una nueva forma. Pero no era así. Su cabeza, o más bien su mente, tocó el firmamento, estalló en millones de pedazos homogéneos, percibiendo por cado uno de ellos, como si de poros de la piel se tratase. Pero lo mejor es que no sintió nada, sintió el vacío, el fresco suspiro de desvanecerse, la transparencia de dejar de ver, el olor de los pensamientos, el interior de sus vísceras, el sabor de la gloria.
Pasados unos instantes, que para él no existieron, pues el tiempo se había escapado a otra dimensión, comenzó a recobrar la consciencia. Era como despertar de un coma, de una hibernación larga y apacigüe. Sólo que se sentía más vivo, renacido, dispuesto a repetir. Sí, definitivamente. Ahora que había encontrado aquello por lo que merecía la pena vivir no podía dejarlo escapar. Era suyo. Su confortable lugar de evasión, su opiáceo, su estupefaciente, una panacea personal e intransferible. Necesitaba más. Lo necesitaba desesperadamente. ¡Era aire! ¡Su único alimento! No podía ni quería parar.
Quito las manos del fino y delicado cuello, aún cálido y algo amoratado, del cuerpo inerte que yacía bajo él, y se toco el rostro con ellas. “Su calor es mío. Yo soy ella, vive en mí” Se dijo mientras lo hacía. Las rodillas apoyadas contra el frío suelo tenían leves temblores, espasmos casi imperceptibles.
Era hermosa. Aun así, seguía siéndolo. Para él siempre lo sería.
Fuera llovía. Las gotas chocaban contra el pavimento húmedo y encharcado. La luz gris de las farolas atraía a las polillas que se arremolinaban alrededor de ellas. No había nadie más que ellos, nadie que estropeara aquel momento de intimidad. Permaneció un rato más mirando aquel hermoso cuerpo vacío, estudiando su indómita geografía, su entrañable geometría. Le dio un último beso en sus labios carmesí. Se levanto despacio, sin prisa y salió fuera. Las gotas lamieron su rostro al encontrarse con él. Se sentía bien. Nunca se había sentido mejor. Comenzó a andar como quien no se dirige a ningún sitio. Saco un cigarrillo del bolsillo y lo encendió con un gesto elegante. Antes de perder de vista el lugar se giro, lo contemplo un instante más por última vez y pensó “Ahora serás bella para siempre. Bella hasta la eternidad.”
Y se fundió con las sombras.

C.P. de la Fontaine

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