-Eh
Frank, échame un poco más, me estoy quedando seco.
-Las
que se están quedando secas son las neuronas, pero toma, supongo que remojarlas
en whisky ayuda a que sea rápido e indoloro.
Vertió
la preciada veta de oro líquido en el vaso redondo y transparente y sus ojos se
iluminaron por un momento, como si se tratase de lluvia en el desierto, sol en
la tempestad. Pero ese brillo de las pupilas pronto desapareció, enturbiado por
el licor que atravesaba su garganta, fluyendo hacia el cerebro. Combustible
para la máquina.
-¿En
qué crees tú Frank? Quiero decir, no en esas mierdas de dioses, destino, karma,
amor y porquerías de ese estilo.
-Vaya,
cuanta porquería, sí que hay mierda esparcida por el mundo entonces.
-No
te hagas el gracioso, esto es serio. Bueno, no lo es, pero es importante para
un borracho. Es lo más importante a parte de la botella.
Miró
a Frank, que seguía apoyado en la barra contemplando la etiqueta de la botella
que acababa de vaciar para él, como si quisiera descubrir una conspiración
entre las letras de esta. Frank se giró y le miro con una sonrisa.
-Yo
no creo. Sabes, es lo mejor, creer en las cosas al final acaba decepcionándote.
Únicamente creo en las personas, en realidad más que eso, creo en su capacidad
para cagarla una y otra vez, sin parar, a todas horas, por todo el planeta. Piénsalo,
es reconfortante saber que todo está jodido, aunque sea estúpido, y que nos
damos por culo entre todos una y otra vez, metafóricamente hablando claro.
Desde el otro lado del mundo alguien te está jodiendo fuerte por detrás, y tú
ni te enteras. Lo mejor que puedes hacer es joder a alguien tú también, por lo
menos así estás entretenido.
-¡Coño!
El borracho hecho mierda y pesimista soy yo. Ya puedes pedir otra botella,
porque esto no arregla nada.
-¿No
has tenido suficiente con una botella?
-Mira,
nunca nada, es suficiente. La existencia es insuficiente por sí misma, así que
deja que acabe con la agónica forma de subsistencia del whisky, al fin y al
cabo para eso se inventó, para que se acabara ¿no?
-Deberías
irte a casa, darte una ducha y dormir todo lo que puedas.
-No
quiero, no sin ella.
Frank
le hizo un gesto al camarero y este trajo otra botella de Jameson. Le quitó el precinto y la dejo sobre la mesa.
-Creo
que has bebido mucho y durante demasiado tiempo del mismo sitio, es hora de olvidar.
-Por
eso bebo joder, qué te crees. Los buenos lloran, los cabrones bebemos hasta que
se nos secan las lágrimas.
-Se
ha ido tío, y no va a volver, reza para que no lo haga, porque entonces sí que
estarás bien jodido. Hasta el fondo.
-¿No
lo ves? El problema es que sigue dando vueltas aquí dentro, en mi cabeza y no
quiere salir. Por eso tienes que rellenarme el vaso, tenemos que ahogarla -esta
vez no le pidió a Frank la botella, la cogió el mismo y llenó en cristal vacío hasta
que una cortina dorada lo cubrió todo. Dio un largo trago.- Le di todo, pero
parece ser que no fue suficiente. ¿Ves? Todo es insuficiente, nada satisface,
nada llena, todo acaba, o lo que es peor, ni si quiera empieza.
-Lo
que mal empieza mal acaba. Era peligrosa para ti, intente advertirte, ya
hablamos sobre ello. Es peligrosa para cualquiera, de hecho, deberías estar
agradecido de que ya no esté.
-¿Y
si ese peligro es lo que me hacía vivir?
-Yo
te veo muy vivo, bebes como un campeón.
-Calla,
no tienes ni idea.
-Lo
cierto es que no, pero ¿por qué me preguntas entonces?
-Porque
si hablara solo me echarían del local, por borracho, pusilánime y
esquizofrénico.
Ambos
se rieron, Frank contemplando la etiqueta de la botella y él su vaso que volvía
a estar medio vacío.
-¿Hay
más mujeres peligrosas por ahí?
-Millones,
demasiadas diría yo, si no lo son todas.
-Supongo
que podré a amar a otra, una que beba mucho, para poder ahogarnos juntos.
-Eso
está bien, en compañía duele menos y el viaje se hace más ameno. Y podéis pagar
el alcohol a medias, eso que nos ahorramos.
-Bien.
-Perfecto
entonces.
Ambos
se callaron. Rellenó por última vez su vaso, y bebió despacio, y con cada trago
que daba la silueta de Frank iba desapareciendo, un poco más con cada uno,
mientras este contemplaba la etiqueta, sin darse cuenta de que comenzaba a
desvanecerse. Cuando acabó, Frank ya se había ido sin dejar rastro, sólo quedaba
el taburete en el que había estado sentado, al que siempre volvía cuando era
necesario. Al finalizar la noche únicamente permanecían en la barra unos billetes,
unas monedas y una botella de Jameson
por acabar.
C.P. de la Fontaine
No hay comentarios:
Publicar un comentario