domingo, 6 de mayo de 2012

Por las áridas llanuras


Por las áridas llanuras
del Páramo
vaga Él,
sin equipaje,
sin dinero,
sin prisa,

sin alma.

Acecha en la sombra
de los cadáveres sedientos,
alimentándose de sus halos de esperanza,
nutriéndose de sus temores pétreos.
Él no procrea,
ya que sus vástagos naces vacíos,
antes de ser creados,
ya perdidos.
Pero a Él no le importa,
no necesita descendencia,
pues no conoce frontera
que lo detenga.

Por las áridas llanuras
del Páramo
vaga Él,
sin equipaje,
sin dinero,
sin prisa,

sin descanso.

Su no notoriedad no conoce fin.
Es señor de lo desaparecido,
encargado de acallar los días
bajo su paso viperino.
Su único compañero,
el tiempo.
Él no conoce enemigo,
Mas que su propio destino,
el cual no puede si no seguir
con un cansancio
infinito.

Por las áridas llanuras
del Páramo
vaga Él,
sin equipaje,
sin dinero,
sin prisa,

sin cobijo.

No conoce camino,
pues Él es el sendero
que se abre sobre el horizonte.
Solo las rocas verán su final
bajo el ya oscuro firmamento.
Su sed y su cansancio son
su eterna penitencia.
Busca,
encuentra
Y acata sin desobediencia.

Por las áridas llanuras
del Páramo
vaga Él,
sin equipaje,
sin dinero,
sin prisa,

Contigo.
C.P. de la Fontaine

martes, 1 de mayo de 2012

Edgar Allan Poe-El retrato oval


El castillo en el cual mi criado se le había ocurrido penetrar a la fuerza en vez de permitirme, malhadadamente herido como estaba, de pasar una noche al ras, era uno de esos edificios mezcla de grandeza y de melancolía que durante tanto tiempo levantaron sus altivas frentes en medio de los apeninos, tanto en la realidad como en la imaginación de Mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recientemente abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en una de las habitaciones más pequeñas y menos suntuosamente amuebladas. Estaba situada en una torre aislada del resto del edificio. Su decorado era rico, pero antiguo y sumamente deteriorado. Los muros estaban cubiertos de tapicerías y adornados con numerosos trofeos heráldicos de toda clase, y de ellos pendían un número verdaderamente prodigioso de pinturas modernas, ricas de estilo, encerradas en sendos marcos dorados, de gusto arabesco. Produjerónme profundo interés, y quizá mi incipiente delirio fue la causa, aquellos cuadros colgados no solamente en las paredes principales, sino también en una porción de rincones que la arquitectura caprichosa del castillo hacía inevitable; hice a Pedro cerrar los pesados postigos del salón, pues ya era hora avanzada, encender un gran candelabro de muchos brazos colocado al lado de mi cabecera, y abrir completamente las cortinas de negro terciopelo, guarnecidas de festones, que rodeaban el lecho. Quíselo así para poder, al menos, si no reconciliaba el sueño, distraerme alternativamente entre la contemplación de estas pinturas y la lectura de un pequeño volumen que había encontrado sobre la almohada y que trataba de su crítica y su análisis.
Leí largo tiempo; contemplé las pinturas religiosas devotamente; las horas huyeron, rápidas y silenciosas, y llegó la media noche. La posición del candelabro me molestaba, y extendiendo la mano con dificultad para no turbar el sueño de mi criado, lo coloqué de modo que arrojase la luz de lleno sobre el libro. Pero este movimiento produjo un efecto completamente inesperado. La luz de sus numerosas bujías dio de pleno en un nicho del salón que una de las columnas del lecho había hasta entonces cubierto con una sombra profunda. Vi envuelto en viva luz un cuadro que hasta entonces no advirtiera.
Era el retrato de una joven ya formada, casi mujer. Lo contemplé rápidamente y cerré los ojos. ¿Por qué? no me lo expliqué al principio; pero, en tanto que mis ojos permanacieron cerrados, analicé rápidamente el motivo que me los hacía cerrar. Era un movimiento involuntario para ganar tiempo y recapacitar, para asegurarme de que mi vista no me había engañado, para calmar y preparar mi espíritu a una contemplasión más fría y más serena. Al cabo de algunos momentos, miré de nuevo el lienzo fijamente.
No era posible dudar, aun cuando lo hubiese querido; porque el primer rayo de luz al caer sobre el lienzo, había desvanecido el estupor delirante de que mis sentidos se hallaban poseídos, haciéndome volver repentinamente a la realidad de la vida.
El cuadro representaba, como ya he dicho, a una joven. se trataba sencillamente de un retrato de medio cuerpo, todo en este estilo, que se llama, en lenguaje técnico, estilo de viñeta; había en él mucho de la manera de pintar de Sully en sus cabezas favoritas. Los brazos, el seno y las puntas de sus radiantes cabellos, pendíanse en la sombra vaga, pero profunda, que servía de fondo a la imagen. El marco era oval, magnífícamente dorado, y de un bello estilo morisco. Tal vez no fuese ni la ejecución de la obra, ni la excepcional belleza de su fisonomía lo que me impresionó tan repentina y profundamente. No podía creer que mi imaginación, al salir de su delirio, hubiese tomado la cabeza por la de una persona viva. Empero, los detalles del dibujo, el estilo de viñeta y el aspecto del marco, no me permitieron dudar ni un solo instante. Abismado en estas reflexiones, permanecí una hora entera con los ojos fijos en el retrato. Aquella inexplicable expresión de realidad y vida que al principio me hiciera estremecer, acabó por subyugarme. Lleno de terror y respeto, volví el candelabro a su primera posición, y habiendo así apartado de mi vista la causa de mi profunda agitación, me apoderé ansiosamente del volumen que contenía la historia y descripción de los cuadros. Busqué inmediatamente el número correspondiente al que marcaba el retrato oval, y leí la extraña y singular historia siguiente: 
 Era una joven de peregrina belleza, tan graciosa como amable, que en mala hora amó al pintor y, se desposó con él.
El tenía un carácter apasionado, estudioso y austero, y había puesto en el arte sus amores; ella, joven, de rarísima belleza, todo luz y sonrisas, con la alegría de un cervatillo, amándolo todo, no odiando más que el arte, que era su rival, no temiendo más que la paleta, los pinceles y demás instrumentos importunos que le arrebataban el amor de su adorado. Terrible impresión causó a la dama oir al pintor hablar del deseo de retratarla. Mas era humilde y sumisa, y sentóse pasientemente, durante largas semanas, en la sombría y alta habitación de la torre, donde la luz se filtraba sobre el pálido lienzo solamente por el cielo raso.
El artista cifraba su gloria en su obra, que avanzaba de hora en hora, de día en día.
Y era un hombre vehemente, extraño, pensativo y que se perdía en mil ensueños; tanto que no veía que la luz que penetraba tan lúgubremente en esta torre aislada secaba la salud y los encantos de su mujer, que se consumía para todos excepto para él.
Ella no obstante, sonreía más y más, porque veía que el pintor, que disfrutaba de gran fama, experimentaba un vivo y ardiente placer en su tarea, y trabajaba noche y día para trasladar al lienzo la imagen de la que tanto amaba, la cual de día en día. tornábase más débil y desanimada. Y, en verdad, los que contemplaban el retrato, comentaban en voz baja su semejanza maravillosa, prueba palpable del genio del pintor, y del profundo amor que su modelo le inspiraba. Pero, al fin, cuando el trabajo tocaba a su término, no se permitió a nadie entrar en la torre; porque el pintor había llegado a.enloquecer por el ardor con que tomaba su trabajo, y levantaba los ojos rara vez del lienzo, ni aun para mirar el rostro de su esposa. Y no podía ver que los colores que extendía sobre el lienzo borrábanse de las mejillas de la que tenía sentada a su lado. Y cuando muchas semanas hubieron transcurrido, y no restaba por hacer más que una cosa muy pequeña, sólo dar un toque sobre la boca y otro sobre los ojos, el alma de la dama palpitó aún, como la llama de una lámpara que está próxima a extinguirse. y entonces el pintor dió los toques, y durante un instante quedó en éxtasis ante el trabajo que había ejecutado; pero un minuto después, estremeciéndose, palideció intensamente herido por el terror, y gritando con voz terrible:
"-¡En verdad esta es la vida misma!- Volvióse bruscamente para mirar a su bien amada, ... ¡estaba muerta!"
Edgar Allan Poe

Lord Byron-So, we’ll go no more a roving


So we'll go no more a roving
So late into the night,
Though the heart be still as loving,
And the moon be still as bright.

For the sword outwears its sheath,
Arid the soul wears out the breast,
And the heart must pause to breathe,
And love itself have rest.

Though the night was made for loving,
And the clay returns too soon,
Yet we'll go no more a roving
By the light of the moon.
 Lord Byron
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Entonces ya no vagaremos más
Tan tarde por la noche,
Aunque el corazón siga tan amante,
Y siga atan clara la luna.

Pues la espada dura más que la vaina,
Y el alma agota el pecho,
Y el corazón tiene que detenerse a respirar
Y el mismo amor tiene descanso.

Aunque la noche fue hecha para amar,
Y el día regresa demasiado pronto,
Aún así, ya no vagaremos más
Bajo la luz de la luna.

lunes, 30 de abril de 2012

Paul Verlaine-Aquarelles




Voici des fruits, des fleurs, des feuilles et des branches
Et puis voici mon coeur, qui ne bat que pour vous.
Ne le déchirez pas avec vos deux mains blanches
Et qu’à vos yeux si beaux l’humble présent soit doux.

J’arrive tout couvert encore de rosée
Que le vent du matin vient glacer à mon front.
Souffrez que ma fatigue, à vos pieds reposée,
Rêve des chers instants qui la délasseront.

Sur votre jeune sein laissez rouler ma tête
Toute sonore encor de vos derniers baisers;
Laissez-la s’apaiser de la bonne tempête,
Et que je dorme un peu puisque vous reposez.
 Paul Verlaine
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Te ofrezco frutos y flores, hojas y ramas,
Y también mi corazón, que late solo para ti.
No lo hicieras con tus blancas manos.
Ojalá te alegre esta sencilla ofrenda.

Me acerco aún impregnado del rocío que
El viento mañanero hiela mi frente.
Acepta que mi cansancio, a tus pies,
Sueñe con horas gratas y se sosiegue.

Acepta que en tu pecho recline mi cabeza
Tan emocionada aún por tus últimos besos;
Déjala que se calme su divina tormenta,
Y ya que descansas que yo también duerma un poco.

domingo, 29 de abril de 2012

Un amor silencioso

Mi deseo está tan frío
como caliente son mis pensamientos.
Amo tanto a la quietud
que abrazado la penetro tranquilo.
No come ni habla,
mas sé bien que antes estaba vivo.
Mi instinto se desata
como lo hace mi pasión por sus labios.
Estremezco en el placer
de ver como parado
parece gemir,
si en cada uno de mis impulsos
creo que vuelve a sentir.
No estoy loco aunque lo crean,
pero no puedo reprimir mi placer
aunque de un muerto sea.

                                                                            Shaëdor


Dalí - Los tigres


Todo ser devorado,
regresa de nuevo a la vida,
en un grito ahogado
con un gesto de ira.

Pasiones y deseos encarnados
en aquella misión suicida
portando la mortal arma,
amando a mi enemiga.

Probé la Granada de Hades,
y ahora he vuelto del Averno,
hallé en tu playa la soledad
cultivada con los años,
regadas con las lágrimas
de una libertad que hoy se me muestra.

No hay nadie que pueda vencerme
cuando de venganza se trata,
no hay mujer que pueda quererme,
cuando la vida ya no es mía
y entre tus dedos el aliento se me escapa. 



                                                                                                                                Shaëdor

Una vez


Una vez
perdí  algo,
ahí fuera
en la noche.
Bajo los tejados inclinados
y el pavimento mojado.

Íbamos de la mano,
mientras la calle seguía oscura
y ya solo quedaba el resplandor de la luna.
Llegamos a una esquina,
tú me diste un beso,
como en una despedida,
y te perdiste en la bruma
junto con la brisa nocturna.

Una vez
perdí  algo,
ahí fuera
en la noche.
En un claro de luna.
C.P. de La Fontaine