Los muertos no necesitan
aspirina o
tristeza
supongo.
pero quizás necesitan
lluvia.
zapatos no
pero un lugar donde
caminar.
cigarrillos no,
nos dicen,
pero un lugar donde
arder.
O nos dicen:
Espacio y un lugar para
volar,
da
igual.
los muertos no me
necesitan.
ni los
vivos.
pero quizás los muertos se necesitan
unos a
otros.
En realidad, quizás necesitan
todo lo que nosotros
necesitamos
y
necesitamos tanto
Si solo supiéramos
que
es.
probablemente
es
todo
y probablemente
todos nosotros moriremos
tratando de
conseguirlo
o moriremos
porque no
lo
conseguimos.
Espero que
cuando yo este muerto
comprendaís
que conseguí
tanto
como
pude.
C.Bukowski
Un blog de poesía infame, letras perdidas, cuentos olvidados y sentimientos encontrados.
domingo, 23 de septiembre de 2012
miércoles, 19 de septiembre de 2012
Charles Bukowski
Melancolía
la historia de la melancolía
nos incluye a todos.
me retuerzo entre las sábanas sucias
mientras fijo mi mirada
en las paredes azules
y nada.
me he acostumbrado tanto a la melancolía
que
la saludo como a una vieja
amiga.
ahora tendré 15 minutos de aflicción
por la pelirroja que se fue,
se lo diré a los dioses.
me siento realmente mal
realmente triste
entonces me levanto
PURIFICADO
aunque no haya resuelto
nada
(...)
hay algo mal en mí
además de la
melancolía
Charles Bukowski
la historia de la melancolía
nos incluye a todos.
me retuerzo entre las sábanas sucias
mientras fijo mi mirada
en las paredes azules
y nada.
me he acostumbrado tanto a la melancolía
que
la saludo como a una vieja
amiga.
ahora tendré 15 minutos de aflicción
por la pelirroja que se fue,
se lo diré a los dioses.
me siento realmente mal
realmente triste
entonces me levanto
PURIFICADO
aunque no haya resuelto
nada
(...)
hay algo mal en mí
además de la
melancolía
Charles Bukowski
Gustavo Adolfo Becquer
XLV
Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?
Cuando la trémula mano
tienda próximo a expirar
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?
Cuando la muerte vidrie
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?
Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral)
una oración al oírla,
¿quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa
¿quién vendrá a llorar?
¿Quién en fin al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?
Gustavo Adolfo Becquer
Al ver mis horas de fiebre
e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?
Cuando la trémula mano
tienda próximo a expirar
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?
Cuando la muerte vidrie
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?
Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral)
una oración al oírla,
¿quién murmurará?
Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa
¿quién vendrá a llorar?
¿Quién en fin al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?
Gustavo Adolfo Becquer
viernes, 7 de septiembre de 2012
Pablo Neruda
Para mi corazón basta tu pecho,
para tu libertad bastan mis alas.
Desde mi boca llegará hasta el cielo
lo que estaba dormido sobre tu alma.
Es en ti la ilusión de cada día.
Llegas como el rocío a las corolas.
Socavas el horizonte con tu ausencia.
Eternamente en fuga como la ola.
He dicho que cantabas en el viento
como los pinos y como los mástiles.
Como ellos eres alta y taciturna.
Y entristeces de pronto como un viaje.
Acogedora como un viejo camino.
Te pueblan ecos y voces nostálgicas.
Yo desperté y a veces emigran y huyen
pájaros que dormían en tu alma.
Pablo Neruda.
Socavas el horizonte con tu ausencia.
Eternamente en fuga como la ola.
He dicho que cantabas en el viento
como los pinos y como los mástiles.
Como ellos eres alta y taciturna.
Y entristeces de pronto como un viaje.
Acogedora como un viejo camino.
Te pueblan ecos y voces nostálgicas.
Yo desperté y a veces emigran y huyen
pájaros que dormían en tu alma.
Pablo Neruda.
lunes, 20 de agosto de 2012
El poder de la ilusión
Tantas historias se han contado desde el final, que el principio queda turbio muchas veces. Se han erigido castillos de palabras, palacios de imaginación y hojas enteras con grafías de impotencia.
Cuentan que en el principio de todo, una flor brotó allá donde el sol nunca llegaba a brillar, y el agua jamás llegaba a regar los suelos. En las más extrañas condiciones creció radiante, sin complejo alguno, y tras el amparo del tiempo buscó cobijo donde solo existía llanura.
Fueron años felices a pesar de las circunstancias los que esta flor pasó en su primera juventud, pero tras tanto tiempo comenzó a sentir un vacío, algo que ni el rocío de la lluvia podía llenar, y que ni la tierra misma podía amamantar.
Intentó crecer más y más, hasta ver si solo había existido ella en un lugar donde no le correspondía nacer, pero por más altura que obtenía, nada cambiaba la situación.
El tiempo la fue arrugando, la fue haciendo decrecer, extinguirse en ella misma, ya que el peso de la soledad y los días se hacían cada vez más llevaderos para alguien que la fortuna le sonrió, aunque quizá solo fuera de soslayo.
Fueron años felices a pesar de las circunstancias los que esta flor pasó en su primera juventud, pero tras tanto tiempo comenzó a sentir un vacío, algo que ni el rocío de la lluvia podía llenar, y que ni la tierra misma podía amamantar.
Intentó crecer más y más, hasta ver si solo había existido ella en un lugar donde no le correspondía nacer, pero por más altura que obtenía, nada cambiaba la situación.
El tiempo la fue arrugando, la fue haciendo decrecer, extinguirse en ella misma, ya que el peso de la soledad y los días se hacían cada vez más llevaderos para alguien que la fortuna le sonrió, aunque quizá solo fuera de soslayo.
Cuando todo parecía perdido, y sus flores no brillaban ya con fulgor ninguno, fue descendiendo su tallo. Bajó sus hojas hacia la sombra de su muerte, y entonces el viento le susurró algo antes de que desapareciera: "No estés triste por nacer en un lugar que no llegas a comprender, sé feliz porque vives y quién sabe si tal vez, puedas llegar a volver a ver". La flor, algo insegura, no supo bien cómo definir aquello que había sentido, pero algo la impulsó a seguir con vida y tras unos pocos años, empezó a ver que donde antes había un gran vacío, comenzaban a brotar miles y miles de flores, entonces recordó las palabras del viento, y al mirar de nuevo hacia arriba con renovada energía escuchó nuevamente.
"De tu ilusión ha crecido la esperanza, da igual el vacío que creas sentir, con esfuerzo todo puede cambiar, y no hace falta para ello morir".
"De tu ilusión ha crecido la esperanza, da igual el vacío que creas sentir, con esfuerzo todo puede cambiar, y no hace falta para ello morir".
Shaëdor
domingo, 29 de julio de 2012
Intruso
Se levantó con los primeros rayos de sol. Al parecer se
había dejado la persiana sin bajar y las cortinas sin cerrar. “Cojonudo”. La
cabeza le daba todavía vueltas de la noche anterior y le costó un rato
levantarse sin que le dieran arcadas. Apoyándose en las paredes se dirigió al
baño con los ojos todavía medio cerrados y levantó la taza del váter. Se bajo
los calzoncillos, hizo el gesto, pero se dio cuenta de que estaba completamente
desnudo. Bueno, no era tan extraño. Tenía el pene erecto, parecía un roble, y
apuntó lo mejor que pudo hacia donde quería disparar el arma. Más de dos
terceras partes entraron donde tenían que entrar, el resto… Bueno, del resto ya
se preocuparía más tarde. Se refrescó la cara con agua fría del grifo y se olió
el aliento con la palma de la mano. “¡Joder!” Parecía recién salido de la
tumba. Aquello no era una boca, era una fosa séptica. “Cosas que pasan” dijo
encogiéndose de hombros.
Pensó en
darse una ducha, pero en el estado en que se encontraba no parecía la mejor
idea, no quería abrirse la cabeza contra el borde de la bañera. No, por el
momento. Un café. Sí, un café le sentaría bien. Para su asombro la cocina
estaba ordenada. No recordaba haber recogido ayer antes de acostarse,
imposible, aunque no se acordaba de mucho la verdad, suficiente que se había
levantado y no estaba en coma. “Café, café, café. Y una cabeza nueva.” Lo
calentó en la cafetera negra y lo puso en una taza, lo mezcló con un poco de
agua fría y se lo bebió de un trago. Casi se le salió el hígado cuando acabo.
Su estómago no estaba para bromas, y menos líquidos. Con lo que había asimilado
ayer tenía para calentar a todos los vagabundos de la ciudad en invierno. Al
recordarlo, o más bien al intuirlo, pues no se acordaba de una mierda, la bilis
le subió por la garganta, ácida y ardiente. Pero no pasó de ahí.
Pensó que
mirar la hora no sería mala idea. Más que nada para volver a irse a dormir.
Alzó la vista y miró el reloj que estaba colgado de ella. O lo intentó, porque
allí no había ningún reloj. “En algún momento de ayer por la noche algo le
pasó. Joder. Me costó lo suyo en el chino. La próxima vez va a hacer fiestas la
madre que los parió.” Se quedó un rato sentado en la silla de la cocina sin
pensar en nada. Un momento de silencio por las neuronas que habían fallecido durante
la noche. Se decidió a darse esa ducha.
Mientras el
agua le corría por el cuerpo la niebla de su mente se fue despejando un poco.
Habían empezado a beber a eso de las 21:00. Unas cervezas inofensivas. Un par
de juegos con las cartas para ponerse a punto y unas pizzas del restaurante de
dos calles más abajo. Después vino el típico ron con Coca-cola y la música para
arrimarse a las mujeres menos desagradables. Menos desagradables, sí, no estaba
el mercado como para andarse con remilgos. Sobre la 01:00 se sentaron ha hablar
un rato sobre gilipolleces varias, algún tema de conversación que no requiriera
de mucha agilidad mental y que todo el mundo entendiera. Una mierda bien
grande, vamos. Y no pasó mucho rato hasta que a algún iluminado por los efectos
del alcohol se le ocurrió que era la hora de los felices chupitos de whisky.
¡Viva! El caso es que el sólo se acordaba del primero, a partir de ahí su
memoria era una enorme cagada en blanco.
Se secó con
la primera toalla que encontró y la tiró al suelo. Se sentía algo menos mal, lo
justo para volver a dormirse hasta el día del juicio final. Al ir a abrir la
puerta del baño se quedo mirando al pomo. Algo no encajaba. Vale que estaba
resacoso y sus sentidos estaban todavía en el más allá, pero aquel no era el
pomo de su puerta de baño. Barajo las posibilidades que había mentalmente de
que alguien hubiese cambiado el pomo por la noche, pero que el supiera no había
ningún bricomaniaco que fuera por ahí
con pomos de puerta en los bolsillos. Comenzó a girar lentamente con los ojos
entrecerrados como un suricato que escudriña el horizonte. Y se dio cuenta de
que esos no eran sus azulejos, ni su ducha, ni su lavabo, ni su cepillo de
dientes, ni su champú. “La madre de Cristo” pensó.
Poco a poco fue encajando las cosas que no acababan de encajar: la cocina,
estaba limpia y ordenada, algo completamente imposible teniendo en cuenta lo
sucedido por la noche. Su cafetera no era negra, es más, él no tenía una puta
cafetera desde que la suya explotó a causa de la ineptitud de un amigo suyo. ¿Y
el reloj? Pues claro, cómo coño iba a haber un reloj en una cocina que no era
suya. “¿Qué puta mierda es esta? No sé dónde cojones estoy”.
Al entrar
en la habitación, que no era la suya, se quedo mirando el bulto que había
envuelto entre las sábanas de la cama. Era tres veces su cuerpo. Eso no le
gusto nada. Pero nada. Por puro e inmediato instinto se tocó el culo, lo palpo,
por si notaba alguna molestia o irregularidad. No era así. Quedó algo aliviado.
Pero sus ojos enseguida se posaron sobre unas bragas negras, si es que podía
llamarse así a semejante red de arrastre de fondos marinos. “Por Dios,
preferiría una molestia en el ojo del culo” Se fue acercando a la cama que
desprendía cierto olor a tocino rancio y
a queso pasado. Levantó las sabana y lo que encontró allí tapado y
desprendiendo ese atufante aroma no le dio más opción que pegar un grito.
“¡Un puto grizzly bear me ha violado! Yo he… ella
me ha… yo con eso…y…”
La colosal
masa de carnes y grasas flotantes se giró poco a poco, mientras el seguía en
estado de shock mirando hacía ella.
Una cara redonda, de pelo lacío, con ojos pequeños y porcinos, nariz aplastada
y dientes recién salidos de la trinchera le dijo “Buenos días cariño. Menudo
fiera en la cama estás hecho.” Y él no pudo más que pensar “Fiera, fiera. Tú
que deberías estar encerrada en el zoo con cristales tintados como poco.”
Decidió que no quería saber nada más sobre el tema.
Nunca. Se puso los pantalones lo más rápido que pudo, cogió las zapatillas y se
fue cagando leches. No recordaba nada de lo que había pasado, ni quería
recordarlo. Corrió escaleras abajo, salió a la calle y siguió corriendo un
rato, si mirar a dónde iba. No quería ni saber dónde se encontraba aquel
apartamento. No llevaba ni cinco minutos fuera cuando el móvil le sonó en el
bolsillo. Lo cogió sin mirar. “¿Si?” “Qué pasa tío, menuda noche la de ayer,
eh” Ese eh final era demasiado
irónico. “Sí eh ¿Y tu madre qué tal
mea hijoputa?” colgó el teléfono y comenzó a correr calle arriba. Con suerte en
su casa todavìa quedarìa alguna botella de whisky.
C.P. de la Fontaine
viernes, 27 de julio de 2012
Ecstasy
Su voz resonaba por toda la estancia. Un ritmo fuerte, sordo,
melodioso. Parecía salido de las entrañas de la roca. Natural, animal.
Un gemido proveniente de los confines del tiempo. La confluencia de
notas y compases, sazonados con los mejores sentimientos traídos de un
verdadero lamento. Puro como el grito de un niño recién nacido, tóxico
como el cloroformo. Esa noche nadie estaba a su altura, se había erguido
sobre la cima más alta, la más grande y hermosa, clavando su corazón en
ella. Solo él conocería semejante proeza, solo sería suya, única y
excepcional. El pecho le latía desbocado, subiendo y bajando con un
palpitar constante. Sus ojos vidriosos denotaban esa clase de felicidad
que rara vez se experimenta, que algunos pocos alcanzan. Un éxtasis
sensorial superior a todos los demás, la conquista de la chispa vital
del ser que habita en cada uno. Había tocado su alma. No. Había sido
ella. Por un segundo, o por una eternidad, supo lo que era no existir,
el no permanecer, el no ser. Flotar en la inmensidad sin perturbación
alguna, sin imperfecciones o impurezas. Sus miembros y sus músculos se
habían relajado de tal manera que pensó que se habían fundido por el
suelo. Fusionados y dando lugar a una nueva forma. Pero no era así. Su
cabeza, o más bien su mente, tocó el firmamento, estalló en millones de
pedazos homogéneos, percibiendo por cado uno de ellos, como si de poros
de la piel se tratase. Pero lo mejor es que no sintió nada, sintió el
vacío, el fresco suspiro de desvanecerse, la transparencia de dejar de
ver, el olor de los pensamientos, el interior de sus vísceras, el sabor
de la gloria.
Pasados unos instantes, que para él no existieron, pues el tiempo se había escapado a otra dimensión, comenzó a recobrar la consciencia. Era como despertar de un coma, de una hibernación larga y apacigüe. Sólo que se sentía más vivo, renacido, dispuesto a repetir. Sí, definitivamente. Ahora que había encontrado aquello por lo que merecía la pena vivir no podía dejarlo escapar. Era suyo. Su confortable lugar de evasión, su opiáceo, su estupefaciente, una panacea personal e intransferible. Necesitaba más. Lo necesitaba desesperadamente. ¡Era aire! ¡Su único alimento! No podía ni quería parar.
Quito las manos del fino y delicado cuello, aún cálido y algo amoratado, del cuerpo inerte que yacía bajo él, y se toco el rostro con ellas. “Su calor es mío. Yo soy ella, vive en mí” Se dijo mientras lo hacía. Las rodillas apoyadas contra el frío suelo tenían leves temblores, espasmos casi imperceptibles.
Era hermosa. Aun así, seguía siéndolo. Para él siempre lo sería.
Fuera llovía. Las gotas chocaban contra el pavimento húmedo y encharcado. La luz gris de las farolas atraía a las polillas que se arremolinaban alrededor de ellas. No había nadie más que ellos, nadie que estropeara aquel momento de intimidad. Permaneció un rato más mirando aquel hermoso cuerpo vacío, estudiando su indómita geografía, su entrañable geometría. Le dio un último beso en sus labios carmesí. Se levanto despacio, sin prisa y salió fuera. Las gotas lamieron su rostro al encontrarse con él. Se sentía bien. Nunca se había sentido mejor. Comenzó a andar como quien no se dirige a ningún sitio. Saco un cigarrillo del bolsillo y lo encendió con un gesto elegante. Antes de perder de vista el lugar se giro, lo contemplo un instante más por última vez y pensó “Ahora serás bella para siempre. Bella hasta la eternidad.”
Y se fundió con las sombras.
Pasados unos instantes, que para él no existieron, pues el tiempo se había escapado a otra dimensión, comenzó a recobrar la consciencia. Era como despertar de un coma, de una hibernación larga y apacigüe. Sólo que se sentía más vivo, renacido, dispuesto a repetir. Sí, definitivamente. Ahora que había encontrado aquello por lo que merecía la pena vivir no podía dejarlo escapar. Era suyo. Su confortable lugar de evasión, su opiáceo, su estupefaciente, una panacea personal e intransferible. Necesitaba más. Lo necesitaba desesperadamente. ¡Era aire! ¡Su único alimento! No podía ni quería parar.
Quito las manos del fino y delicado cuello, aún cálido y algo amoratado, del cuerpo inerte que yacía bajo él, y se toco el rostro con ellas. “Su calor es mío. Yo soy ella, vive en mí” Se dijo mientras lo hacía. Las rodillas apoyadas contra el frío suelo tenían leves temblores, espasmos casi imperceptibles.
Era hermosa. Aun así, seguía siéndolo. Para él siempre lo sería.
Fuera llovía. Las gotas chocaban contra el pavimento húmedo y encharcado. La luz gris de las farolas atraía a las polillas que se arremolinaban alrededor de ellas. No había nadie más que ellos, nadie que estropeara aquel momento de intimidad. Permaneció un rato más mirando aquel hermoso cuerpo vacío, estudiando su indómita geografía, su entrañable geometría. Le dio un último beso en sus labios carmesí. Se levanto despacio, sin prisa y salió fuera. Las gotas lamieron su rostro al encontrarse con él. Se sentía bien. Nunca se había sentido mejor. Comenzó a andar como quien no se dirige a ningún sitio. Saco un cigarrillo del bolsillo y lo encendió con un gesto elegante. Antes de perder de vista el lugar se giro, lo contemplo un instante más por última vez y pensó “Ahora serás bella para siempre. Bella hasta la eternidad.”
Y se fundió con las sombras.
C.P. de la Fontaine
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